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¿Eres auténtico o eres un impostor?

¿Eres un auténtico corredor o eres un impostor?
¿Eres un auténtico yogui o eres un impostor?
¿Eres un auténtico músico o eres un impostor?
¿Eres un auténtico blogger o eres un impostor?
¿Eres un auténtico (lo que sea que te gusta hacer) o eres un impostor?



¿Qué practicas o haces por, llamémosle, amor al arte?

¿Correr, nadar, hacer yoga, hacer tartas, escribir un blog, pintar con acuarelas, tocar la guitarra, escribir poesía...?

Algo a lo que dentro de tus posibilidades materiales y de tiempo le pones el mayor de los empeños y el amor y que te hace sentir BIEN.

Sí, BIEN, con mayúsculas. Porque esa es la cuestión. Sentirse BIEN.

Pero entonces llega alguien dispuesto a romper ese inocente bienestar... 

¿Te suena? A mí sí. Además, lo viví hace un par de semanas.

Como ya he contado en algún post anterior, el yoga forma parte de mi vida desde el año 2001 aproximadamente. Sin embargo, aunque sean bastantes años ya, estoy muy, muy, muy lejos de ser una yogui experimentada básicamente por dos razones:

No practico a diario porque lo combino con mi práctica deportiva.
Lo practico por mi cuenta porque sigo sin encontrar en mi ciudad un sitio que me guste y que me venga bien en cuanto a horarios y localización. (Edito para decir que por fin he encontrado un sitio y una profe que me gustan. Solo he ido a una clase pero ya sé que voy a repetir. ¡Por fin!)
Sin embargo, ninguna de estas dos cosas me ha privado de disfrutar de mi práctica y de haberla continuado a lo largo de estos años. 

Ya sea mejor o peor, he seguido practicando y avanzando con la ayuda de algunas webs y personas y de ponerme retos y metas que me hacen esforzarme cada día, que me estimulan, que me divierten y me enseñan que siempre, siempre, se puede mejorar.

Pues uno de esos retos es lograr hacer esto:



Y esto necesita de mucha fuerza en los hombros, en los músculos del llamado core, de equilibrio y por ende, de práctica. Así que cada día que voy al gimnasio, aunque ese día no haga yoga, realizo ejercicios que me ayuden a desarrollar esos aspectos. Entre ellos estos ejercicios:


Pues estaba yo inmersa y concentrada en el segundo ejercicio cuando paro para descansar y se me acerca un hombre al que habitualmente veo por el gimnasio pero al que no conozco de nada. La conversación fue algo tal que así:
Señor desconocido: Hola, ¿puedo hacerte una pregunta?
Yo: Hola, sí claro.
Señor desconocido: ¿Para qué haces ese ejercicio en vez de abdominales normales?
Yo (un poco extrañada por la pregunta): Porque así mejoro mi equilibrio y la fuerza de mis brazos y hombros para hacer el pino.
Señor desconocido: Ah. O sea, que son para el equilibrio. ¿Y para qué quieres hacer el pino?
Yo: Pues porque practico yoga y quiero conseguir hacer el pino sin coger impulso.
Ahí fue como abrir la caja de Pandora. Se le cambió la cara.
Señor desconocido: ¿Ah sí? Yo también practico yoga desde hace muchos años. ¿Hace cuánto que lo practicas?
Yo pensando "eah, ya estamos con la competición de a ver quién es más": Pues más o menos desde hace unos 10 u 11 años, pero no de forma constante.
Señor desconocido: ¿Y dónde lo practicas? ¿Aquí en el gimnasio?
Yo: No, lo hago por mi cuenta.
Señor desconocido: ¡¿Por tu cuenta?! ¿Y por qué?
Yo: Porque me gusta el ashtanga yoga y desde que me vine de Inglaterra no he encontrado ningún sitio que me guste y me venga bien aquí. Me guío con vídeos de Internet.
Tal vez fuera mi imaginación, pero su cara me parecía de total desaprobación
Señor desconocido : Entiendo. Yo lo practico con "fulanito de tal" y "menganita", que son "blah blah blah" del yoga.
Lo que mi cerebro estaba oyendo en aquel momento era algo así como "que son masters del universo del yoga".
Yo: Ah. Qué bien.
Señor desconocido: Bueno, pero sabrás que lo de hacer el pino es un asana y que los asanas no deben ser la finalidad de la práctica, sino un medio para lograr tu unidad, ¿no? No deben ser un reflejo del ego, sino un camino de humildad.
Yo aquí ya estaba flipando. Tenía ganas de darme la vuelta y seguir a lo mío. Así que me quedé callada intentando ser educada y punto.
Señor desconocido de nuevo a la carga: Además, realizarás también pranayama, ¿no? Es incluso más importante que los asanas.
Yo (verdaderamente harta ya y haciendo un tremendo ejercicio de concentración por no mandarlo a hacer pranayama a otra parte, sobre todo porque mis habilidades sociales en estas situaciones brillan por su ausencia): Seguramente no lo hago ni todo lo frecuente ni todo lo bien que debería. Hago lo que puedo y cuando me apetece.
De repente, esta persona a la que no conocía de nada y que no sabía nada de mí estaba convirtiendo algo bonito y que me hacía sentir bien en algo por lo que sentir vergüenza por atreverme a no seguir una especie de manual oculto. Como si fuera una impostora.
Me sentí como el niño que hace un garabato con toda su ilusión y dice que es un dragón y llega el listo de turno y le dice que no, que ahí solo hay un  montón de rayones.
Así que concluí la conversación con un educado: Bueno, voy a seguir a lo mío que me enfrío.
Sin embargo, déjame que te diga que este diálogo se repite con demasiada frecuencia en muchas situaciones diferentes porque nos encanta compararnos.
Si te gusta correr, siempre habrá alguien que corra más, más rápido, que tenga más años de experiencia, que lleve mejor equipación, que lea más revistas y que haya hecho más carreras populares y que, por supuesto, esté dispuesto a recordártelo.
Si pintas, llegará alguien que contará lo bien que se venden sus cuadros en la galería más guay de la ciudad y de cómo le llueven los encargos por Internet para otros lugares del mundo mientras tú regalas tus cuadros a tus familiares.
Siempre habrá gente que sienta la necesidad de hacerte sentir que lo que haces es insignificante comparado con ellos.
Pero te diré algo más:
Tu insignificancia existe por sí misma, la grandeza de ellos necesita de la comparación con otros para existir.
¿Es que no es camino hacia la propia unidad y la humildad el dedicar tus esfuerzos, tu tiempo y tu ilusión a algo porque sí? 
Por el amor y la pasión que se le pone a esa actividad. Sin más recompensa que tus propios logros. Sabiendo que no eres el mejor, que avanzas muy lentamente y que tal vez no llegues nunca a conseguir las metas con las que sueñas, pero aún así, lo intentas cada día. Podrás poco, pero lo poco que puedes, lo haces TÚ, sin comparaciones con nadie más.
Así que cuando llegue uno de estos adictos a la comparación a recordarte todo lo que no haces en vez de valorar lo que sí haces, déjalos que se desahoguen, es que necesitan compararse contigo para validar todos sus logros.
Por suerte también están esas maravillosas personas llenas de experiencia y conocimiento que lejos de querer engrandecer aún más su ego a costa tuya, te empujan y te motivan.
Gente que te contará lo bueno y lo malo del camino. Gente que te dirá que no importa cuánto hagas, pero que lo importante es que sigas adelante y que sobre todo, DISFRUTES DEL CAMINO, QUE DE ESO SE TRATA.
Me encantan esas personas.
Yo pienso seguir acercándome a gente así y alejándome de los otros, pero sobre todo, pienso seguir disfrutando cada minuto de lo que hago, aunque eso signifique ser un poco impostora.
¿Y tú eres un impostor?
Un abrazo nada impostor. ¡Te espero aquí con más muy pronto!
Ana

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Créditos de las fotos
Impostor: LiebeGaby
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