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TCA anorexia y bulimia (un caso real)

Este post es de F.Royano

Hoy quiero compartir un caso real de TCA (Trastorno de conducta alimentaria) en el que Rosa Mª Sánchez Guerrero nos relata su historia personal, los problemas que sufrió y como superó este trastorno.

Al final del artículo, tientes un breve resumen de las conclusiones que puedes sacar de todo esto y más concretamente de lo que Rosa aprendió de su experiencia, espero que te sea de utilidad.

       La obsesión por encontrar algo imposible me sumió hace unos años en un mundo lleno de dolor y sufrimiento que casi me arrebata la vida. Me refiero a la obsesión por la perfección del cuerpo, por la belleza de la apariencia. Los medios de comunicación nos bombardean a diario con cuerpos ideales, con mensajes que asocian el logro de la felicidad y del éxito con la posesión de un cuerpo perfecto. El aspecto físico parece el 100% de lo que es y vale una persona. Y solo ahora me doy cuenta de que todo esto es un inmenso disparate.

            Recuerdo que a los ocho años de edad, me disgustaba lo que veía en el espejo, y puede que eso, junto con otros factores que aún no comprendo muy bien, me llevara a pensar que, solo si tenía el físico de mis artistas favoritas, si era tan perfecta por fuera como ellas, alcanzaría la felicidad, lograría tener una vida llena de cosas buenas, todo el mundo me querría y admiraría. El físico lo era todo para tener una vida plenamente satisfactoria. Con tan solo ocho años, viendo una película de serie B un fin de semana en la casa del pueblo de mis abuelos, vomité por primera vez. Aquella película, en la que una niña vomitaba para perder peso, me brindó una idea “maravillosa”: poder comer cuanto quisiera, vomitarlo y asunto resuelto. Era un plan genial del que mis padres no se darían cuenta, comería y vomitaría hasta que estuviera tan delgada como deseaba, hasta que tuviera el cuerpo perfecto. Luego, solo tenía que dejar de vomitar y tendría un final feliz. Como es obvio, ignoraba todos los graves problemas que aquello entrañaba.

            Pero hasta que ese final feliz llegó (hace unos cuatro o cinco años, no lo recuerdo muy bien), me sumí en una oscuridad que nunca pensé que pudiera existir. Un dolor que en más de una ocasión me provocó deseos de acabar con todo. La vida no merecía la pena si no era perfecta. ¡Tanto me dolía el corazón cada vez que me miraba al espejo, tanto odiaba cada parte de mí, tanto me horrorizaba la idea de pensar que tendría que vivir siempre con ese monstruoso físico que me había tocado tener, tanto sufría … que no soportaba la idea de seguir viviendo! Creía que nadie me podría querer así, ni siquiera mi familia, la cual solo debía de sentir por mí pena, cierto cariño porque era una buena estudiante y tocaba el piano, eso era lo único que valía de mí. Todo lo positivo se reducía a eso, a mis buenas notas y a mi capacidad para tocar el piano, nada más valía la pena, todo lo demás era repugnante. Era normal que nadie me quisiera ni me pudiera querer en un futuro. ¡Si tuviera ese cuerpo perfecto, si estuviera más delgada…!

            Así pasé muchos años entre vómitos, ejercicio a escondidas, tomando pastillas cuando aún estaba en el colegio y llorando por lo desgraciada que era con mi cuerpo. Mis hábitos eran autodestructivos, y no solo en la alimentación. Está claro que no le daba a mi cuerpo los nutrientes que necesitaba, ni siquiera le di tiempo a desarrollarse completamente sano antes de empezar a destruirlo. Desde que empecé con ocho años hasta que con trece me ingresaron en un hospital de día, vomitaba, escondía comida, hacía ejercicio tras cada ingesta, tomaba pastillas adelgazantes, no comía lo suficiente para mi edad … Y comenzaron los problemas: empecé a enfermar con frecuencia, a sufrir estreñimiento grave y amenorrea (ausencia del periodo), a padecer trastornos psicológicos, emocionales y sociales. Para mí esto último fue lo peor. Los problemas de la salud física pueden resolverse en poco tiempo, pero no ocurre igual con la salud mental, esa sí que deja secuelas, esa sí que cuesta trabajo curarla. Me convertí en una niña poco sociable, tenía dos o tres amigas y odiaba tener que asistir a cumpleaños o fiestas por la comida, no me gustaba tener que relacionarme con nadie, tener que sufrir todas esas situaciones incómodas. Mi vida social prácticamente se perdió.

            En cuanto a mi salud mental, bueno… es lo que casi acaba con mi vida. Llegó un momento en el que me autolesionaba a diario, primero por odio hacia mí misma y segundo porque creía que adelgazaba. En mi mente todo giraba en torno a la comida, al peso y a buscar a toda costa la manera de seguir adelgazando, ya no podía pensar en nada más. Mis estudios fueron empeorando, dejé el piano, dejé de hacer todo lo que me gustaba porque tenía que dedicar todas las horas del día a adelgazar, a encontrar la manera de conseguir el cuerpo perfecto. Ducharme con agua helada para activar el metabolismo, beber vinagre antes de cada comida, beber seis litros de agua al día, hacer rutinas de ejercicio cada vez que comiera, esconder comida en el armario, vomitar, tomar las pastillas que salían en las revistas, arañarme hasta que sangrara cada vez que pensara en comida… No sabía ya qué podía hacer, ¡qué más hacía falta!

            Como es lógico perdí peso, pero para mí no era suficiente. Aunque estaba muy delgada yo me veía casi obesa y mientras mi vida giraba en torno a pensar cuál sería mi siguiente paso en la búsqueda de la perfección y la delgadez, mi llama se iba apagando, mi tiempo aquí se acababa.

            Por suerte, un día mis padres me sorprendieron en pleno acto de vomitar después de comer. Ellos ya llevaban tiempo sospechando algo, pero no querían ver que algo así le pudiera estar pasando a su hija. A partir de ese momento mi vida cambió de nuevo para siempre. Empecé de psicólogos y médicos, pero intentando seguir con la vida de una adolescente de trece años. Sin embargo, todos los esfuerzos fueron insuficientes, yo seguía mintiendo, yo quería seguir en ese mundo que me había creado, yo no pensaba que estuviera enferma, simplemente los demás estaban llevando las cosas demasiado lejos, solo tenían que dejarme tener el cuerpo que soñaba y todo estaría solucionado. Tuve que dejar el instituto y la poca vida “normal” que podía llevar para ingresar en el verano de mis trece años en un hospital de día, en el que estaba desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde. Allí me dieron un plan nutricional personalizado, apoyo psicológico, medicación y unas normas realmente estrictas: me tenía que comer absolutamente todo, hasta las migas del pan que se caían, nunca podía ir al baño sola, en mi casa se pusieron cerraduras en el baño y en la cocina, tenía que estar siempre controlada, no podía comprarme ropa por debajo de una talla 36 o tenía prohibido hacer ejercicio.

Con todas estas medidas mi peso se recuperó algo y mi salud física también. Pero en mi mente seguía sin ser consciente de que tenía una grave enfermedad, me lo tomaba todo como un juego y no me quería curar porque yo controlaba todo ese mundo que me había creado. En febrero del año siguiente ingresé en un hospital de Granada las 24 horas, seguía perdiendo peso y seguía sin querer salir de la enfermedad, que era lo peor; no era una decisión consciente, simplemente me era más cómodo y estaba más segura en mi burbuja que en el aterrador mundo de fuera con el que hace años había perdido la conexión.

Durante el mes que estuve en el hospital me dieron un ultimátum porque los primeros días seguía perdiendo peso y sin mejorar: si continuaba así me tendrían que trasladar a un hospital más especializado en Madrid (afortunadamente eso no llegó a suceder). Muy poco a poco empecé a ser consciente de todo lo que me estaba pasando, a tomar conciencia de mi enfermedad.

Hubo muchos altibajos, no fue para nada un camino fácil. Desde los trece años hasta los quince permanecí en el hospital de día. Con el tiempo, empecé a ir cada vez menos horas, luego menos días, luego llegó el tratamiento ambulatorio en el que las visitas cada vez eran más espaciadas. Además, tenía una psicóloga aparte de las que me veían en el centro de día. Fue un tratamiento desde muchos frentes, muy complejo y muy largo.

 Después de diez años, a pesar de todas las dificultades, de la desesperación de no ver el final, de los duros momentos en que casi me quedo por el camino, de las noches de llantos y angustia… logré salir. Y logré salir porque llegó un punto en el que acepté lo que me pasaba, acepté la ayuda y confié en las profesionales que me estaban acompañando. Además conocí al que dentro de poco será mi marido, el cual ha supuesto un pilar fundamental en mi recuperación, y he contado siempre con el máximo apoyo y ayuda de mis padres. Pero hasta que no fui capaz de introducir los cambios arriba mencionados, nada empezó a transformarse dentro de mí.

Por eso creo que lo más importante es tomar conciencia de las enfermedades (que, en mi caso, pasaban de la anorexia a la bulimia, por etapas), comprometerse con una misma para salir de ellas y confiar en los profesionales, porque de estas enfermedades no puede salir una sola, es imprescindible dar con un equipo de especialistas que nos acompañen en ese duro camino. Es fundamental el apoyo de la familia, amigos, pareja… porque en esos momentos nuestro entorno más próximo juega un papel crucial.

            Espero que no se haya hecho muy largo ni pesado, he intentado plasmar lo más importante de mi experiencia, y espero, sobre todo, que quede claro que se puede salir, que los TCA son enfermedades muy duras pero de las que uno se puede recuperar al 100%. Nunca se puede perder la esperanza ni las ganas de luchar. Solo hay que respirar profundo, confiar y tener paciencia. El mundo que se descubre tras superar la enfermedad es realmente maravilloso, merece la pena luchar con todas las fuerzas para conseguir esa recompensa.

            Por último, quiero añadir que el necesario cuidado de nuestro cuerpo, de nuestra mente y de nuestra salud no debemos llevarlo al extremo.

Que la comida, necesaria, es también un factor social que nos puede hacer disfrutar.

Que el ejercicio, necesario, no tenemos que convertirlo en jornadas maratonianas.

Que lo que a una persona le funciona no tiene por qué funcionarle a otra, porque cada cuerpo es un mundo y no podemos imitar los hábitos de otros, tenemos que encontrar lo que a nosotros nos hace bien, lo que nos funciona y lo que podemos integrar en la vida que queramos llevar.

En fin, que la aceptación de nuestro físico, encaje o no en los estándares social y mediáticamente impuestos, es el primer paso en busca de la felicidad, la cual se encuentra mucho más allá de nuestra materia corpórea.

El descubrimiento del amor, la práctica de aficiones como la lectura, la música, el cine o mi recién estrenado proyecto en las redes sociales para hablar sobre los TCA, el impulso de las relaciones afectivas en familia o entre amigos, los estudios, los proyectos de futuro a corto y largo plazo, mi boda……… son pasos que nos acercan a la felicidad… son pasos que me están dando inyecciones de vida y que nada tienen que ver con mi físico.



          
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