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Sobre el abuso sexual infantil

En relación a los abusos sexuales descubiertos recientemente en algún ámbito escolar de Barcelona, deben ser evidentemente aclarados. Pero la vigente histeria social sobre el tema me parece incoherente y algo hipócrita, pues muchas cosas no encajan. Es extraño, por ejemplo, que muchos airados defensores de los niños no los defiendan con igual ardor contra el mito y la medicación del "TDAH". Contra su terrible manipulación en muchísimas separaciones y divorcios. Contra la exclusión de sus sentimientos en sus terapias de conducta (recordemos a "Supernanny"). Contra las pedagogías y estilos de vida incompatibles con el desarrollo infantil. Y, sobre todo, contra los maltratos de todo tipo (explícitos o sutiles, incluidos los abusos sexuales) que la mayoría de niños sufren dentro de sus propias familias. Todo esto es incalculablemente más frecuente y destructivo que los esporádicos abusos sexuales que suelen denunciar los medios de comunicación (y que, por lo demás, no son sino puntas del iceberg de un enorme problema que desgraciadamente se da en cualquier lugar donde convivan niños y adultos). Además, la mayoría de tales abusos son precisamente secuelas, meras prolongaciones de la lista de "anomalías" citadas anteriormente. Ya sabemos que nada bueno ni malo puede sucederle a un niño sin la participación activa o pasiva, consciente o inconsciente, de sus padres. ¿Será precisamente nuestra mala conciencia frente a esta obviedad una de las causas de nuestra "alarma social" ante un fenómeno tan antiguo como universal? Si un niño feliz sufre algún primer abuso (violento o, en este caso, sexual) fuera de su familia, lo comunicará inmediatamente a ésta. Forma parte de su espontaneidad natural, de su búsqueda de seguridad y afecto entre quienes lo aman, de sus miedos innatos a lo desconocido o desagradable. ¿Por qué, entonces, algunos niños no lo hacen y sufren por ello reiteradamente sus abusos, ya sea por parte de la misma o de diferentes personas? Evidentemente, porque su miedo a la posible reacción de sus padres es mayor que el referido a los sucesos que necesita compartir. Por ejemplo, puede que sus padres minimicen su problema, o se burlen de él, o no hagan nada efectivo por protegerlo, o incluso lo castiguen, etc. Y si un niño teme todo esto, si no confía en sus padres, es sin duda alguna porque ya lo ha sufrido otras veces. Por eso carece también de la seguridad en sí mismo, la autoestima, la fuerza interior suficiente para defenderse mejor por sí solo de las posibles ofensas de los demás. En otras palabras, los niños no son "vulnerables" a cualquier abuso -y menos aún si éste es reiterado- sólo porque sean niños. Lo son mucho más porque están emocionalmente desvalidos. Y esto nos conduce a inesperadas paradojas.

En cierta ocasión le pregunté a un cliente adulto, inteligentísimo, por qué se había dejado acosar durante mucho tiempo por cierto compañero de clase. Su respuesta me impresionó: "porque quería ganarme su amistad". Es decir, se sentía emocionalmente tan solo e insignificante que estaba dispuesto a "comprar" con sus sufrimientos un amor... que, naturalmente, nunca llegó. Este alto precio también están dispuesto a pagarlo, como sabemos, muchos adultos en sus relaciones de pareja, etc. ¿En qué clase de hogar sin afectos y/o con humillaciones semejantes habría vivido mi cliente, cuya infancia había consistido en resignarse al maltrato con la ilusión de obtener a cambio algunas migajas de aprecio? Igualmente, algunos menores pueden "pagar" la amistad de ciertos adultos (u otros menores) con una sumisión/aceptación más o menos incómoda a determinados requerimientos sexuales de éstos... Lo que también hacen muchos adultos. Etcétera.

Por otra parte, aunque el niño no se atreva a decir nada en casa, ¿por qué muchos padres no son capaces de detectar que "algo raro está pasando"? Como expuse en mi reciente post "Suicidio infantil", ciertas reacciones extrañas, algunos sentimientos y conductas atípicas o exageradas por parte del hijo (retraimiento, tristeza, ansiedades, silencios, agresividad...), y otros indicios, deberían llamar inmediatamente la atención de los padres, suscitar su preocupación, sus indagaciones afectuosas y reiteradas en busca de respuestas. Cuando esto no sucede, es obvio que tales familias no sólo no proveen suficiente amor y seguridad a su hijo, sino que ni siquiera pueden protegerlo razonablemente de las amenazas externas. ¡Por eso precisamente el niño abusado no confía en ellos!

Pero sigamos. Al hablar de abuso sexual infantil, pensamos siempre en la víctima. En la parte "pasiva". Ahora bien, ésta es sólo la mitad del problema. Si queremos de verdad solucionarlo, debemos necesariamente preguntarnos también por qué hay tantas personas -varones pero también mujeres, adultos pero también menores, etc.- que necesitan abusar sexual y/o agresivamente de otras. La respuesta que general y descorazonadoramente hallamos es la misma de siempre: que los abusadores también se gestan en familias emocionalmente inhóspitas. La tendencia al abuso, igual que la sumisión a él, son formas opuestas -y complementarias- de soportar, de adaptarse, de sobrevivir al vacío y el desamparo familiares. En consecuencia, abusadores y abusables se buscarán inconscientemente para complementarse. Establecerán simbiosis inexorables con personas neuróticamente "compatibles" -acosado y acosador, abusado y abusador, maltratado y maltratador-..., como vemos igualmente en ese otro ejemplo típico: la violencia doméstica. Etcétera. (1) Así funciona, nos guste o no, el corazón humano.

De manera que el abuso sexual infantil, como toda forma de abuso, es mucho más complejo de lo que suelen concebir nuestros ingenuos (y violentos) prejuicios morales y políticos sobre la infancia, la sexualidad, la agresividad y los comportamientos. Abusados y abusadores son las dos caras de un mismo drama de origen familiar. Hay muchas clases de abusos, abusadores y abusados. Hay muchas edades y circunstancias en que ello sucede. Sus consecuencias son muy diversas y no siempre traumáticas o peores que otros males que también sufren los niños. Tampoco se fundan siempre en la intimidación y el poder. Etcétera. Si deseamos sinceramente comprender y solucionar esta lacra, deberíamos a toda costa -como en todos los asuntos humanos- evitar las generalizaciones.

Por todo esto pienso, en fin, que nunca será con escándalos mediático-políticos, ni con cazas de brujas y linchamientos, ni con más leyes y castigos, etc., como podremos prevenir/solucionar el abuso sexual y otros muchos sufrimientos infantiles. Sólo lo lograremos con mucho más coraje. El coraje individual, familiar y social de afrontar con humildad y autocrítica nuestros errores psicoafectivos -que no solamente "educativos"- con los niños. Y, sobre todo, la valentía de sanar nuestras propias heridas infantiles, como única forma de recuperar nuestra empatía, respeto y amor por los seres humanos en cualquiera de sus edades.

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