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Las 3 castraciones del hombre

A los hombres

Los dioses de cualquier niño o niña son sus padres. Pero aquí terminan las coincidencias. A lo largo de sus vidas, hombres y mujeres reciben de sus "deidades" -y de la sociedad a la que representan- influencias psicológicas muy distintas. Estas influencias no sólo determinan su respectiva clase de sufrimientos, sino también sus conflictos intersexuales y el tipo de mundo que construirán. Es un drama típicamente humano, cuya vertiente masculina -y específicamente heterosexual- esbozaremos aquí. Quizá en otra ocasión exploraremos la femenina. Según mi experiencia y desde un punto de vista psicodinámico, todo varón, por el mero hecho de serlo, recibe a lo largo de su vida tres agresiones fundamentales. La perpetradora es la familia -presidida por la Madre (1)- y, más tarde, sus aliados y representantes psíquicos y sociales (la escuela, las instituciones, el estado). Estas tres violencias, que llamaremos las Tres Castraciones, condicionan para siempre la vida de la mayoría de hombres y son las siguientes:

1. "Pórtate bien o no te amaremos"
2. "No llores o te despreciaremos"
3. "Obedéceme o no tendrás sexo"

Las consecuencias de estos mandatos son abrumadoras. Configuran los modos inconscientes de sentir, pensar y actuar de millones de hombres. Sus relaciones con las mujeres y la sociedad en general. Sus filosofías y religiones. Sus actividades económicas y artísticas. Sus trastornos psicológicos y familiares... Tienden a convertir a muchos hombres en verdaderos zombies emocionales. En cascarones casi vacíos, inseguros, fácilmente manipulables y propensos a someterse a toda clase de poderes, especialmente los de la Madre... Para comprenderlo mejor, veamos seguidamente estas Tres Heridas del macho.


1. "Pórtate bien o no te amaremos"


Mas allá de las obvias necesidades educativas de adaptar socialmente a las personas, etc., millones de niños (y en este caso también niñas) desarrollan, a partir del desamor parental, un terror inconsciente a perder el amor de los padres, a morir por abandono, a menos que realmente sean "buenos". Esto significa no sólo obedecer, etc., sino ser como ellos mandan, esperan y necesitan. Este miedo es mayor cuanto menor/peor es el amor familiar, y exige al niño la renuncia a sus propios sentimientos y deseos, la represión de su identidad, la negación de sí mismo. El deseo del Otro es siempre lo prioritario. Por tanto, como ya se ha dicho, en el alma de los varones quedará troquelada la inclinación psicodinámica a temer y someterse a cualquier poder social. Sobre todo el de la Madre (de la que todas las mujeres son un espejo).

En relación a esto, muchísimos hombres son -y sólo pueden ser- frente a las mujeres niños grandes, bobos, "calzonazos" o, al revés, adolescentes engreídos y agresivos. Su temor a ellas lo expresan de muchas formas. Algunos se sienten más seguros y creen merecer más amor si se muestran con las hembras especialmente respetuosos, aduladores, sobreprotectores, incluso serviles (así descubrimos de pronto que la raíz de algunas conductas "galantes" o que hoy llamamos "machistas" es el miedo). Otros lo disimulan con exhibicionismos reactivos (p. ej., alardes de fuerza física, dureza de carácter, proezas sexuales, nivel intelectual, estatus socioeconómico (dinero, posesiones), poder político, etc. Otros se fingen superiores y tratan a las mujeres con arrogancia, condescendencia, etc., o se refugian en grupos y actividades "exclusivamente masculinas". Etcétera. Obviamente, los hombres sin temor a la Madre no necesitan estas defensas.

Pero el miedo suele ir asociado al odio, tal como los esclavos odian a sus amos. Y ya conocemos la predisposición masculina (y también femenina) a odiar, no ya cualquier clase de opresión, sino todo aquello que tememos, envidiamos o nos disgusta. Las consecuencias de todo ello también las sabemos. En particular, el odio masculino a las mujeres nace de sus profundos rencores infantiles, sus dependencias afectivas y su insoportable sentimiento de vulnerabilidad frente a la Madre/mujeres, a las que sienten demasiado inaccesibles y frustrantes y, por tanto, aparentemente más "fuertes" que ellos. Por eso muchos hombres las tratan explícita o veladamente con agresividad. Lo expresan, p. ej., mediante conductas autoritarias, desdeñosas, envidiosas, ofensivas, ambivalentes (relaciones de atracción/rechazo), infieles y, a veces, violentas. Pues, cuanto más débil e insegura es cualquier persona, más hostilidad necesita para protegerse.

La consigna parental "pórtate bien o no te amaremos" puede que ayude a domesticar a la gente, pero siembra en sus corazones (en este caso, los varones) el miedo, la sumisión y el odio. Esto ayuda a perpetuar la soledad intersexual y social.


2. "No llores o te despreciaremos"


La Segunda Castración masculina es peor que la anterior y constituye, en mi opinión, el máximo crimen psicológico y sociocultural que se ha perpetrado contra los varones. Reside en el hecho de que, a diferencia de las mujeres, a los hombres se les ha extirpado históricamente la afectividad, es decir, su capacidad de sentir. No es que, evidentemente, no "sientan". Es que se ha logrado que no puedan hacerlo de modo profundo y consciente, ni de forma expresiva y compartida, ni hacia sí mismos ni hacia los demás. O sólo con las máximas vergüenzas, bloqueos y temores. Por algo se les ha repetido un millón de veces, desde la cuna hasta la escuela y el ejército, que "los hombres no lloran".

Tradicionalmente, como sabemos, los varones han sido criados para la explotación y la guerra. Por tanto, la prioridad educativa de los estados -con la Madre y la familia en cabeza- ha sido mutilarlos afectivamente, reducirlos a meros recipientes musculares sin sensibilidad emocional. Sus vidas se han juzgado exclusivamente por sus acciones, sus logros, su agresividad, sus heroísmos, su acatamiento de toda clase de normas y, en definitiva, por su capacidad de soportar e infligir sufrimientos. En otras palabras, salvo una minoría de hombres reservados para lo artístico, lo intelectual y lo espiritual, lo único que se ha esperado de estos millones de rudos hombres semihumanos ha sido que fuesen buenos obreros, buenos sementales, buenos proveedores de familia y buenos soldados. A cuyo ideal se ha llamado, por oposición a los hombres inadaptados, el "Hombre de Provecho".

Pero este androcidio no ha sido perfecto. Porque el hombre de provecho, que tiene prohibido llorar, sí llora realmente por dentro. Y, por lo mismo, también odia intensamente. Aunque no lo expresa con lágrimas y quejas sino, tal como ha sido enseñado, con hechos. Generalmente con violencias destructivas y autodestructivas. Con adicciones. Con depresiones. Con degradaciones de todo tipo (gregarismos despersonalizadores, fanatismos bárbaros...). Con suicidios. Con delincuencia. Con la invención de todo tipo de doctrinas racionalistas, insensibles y crueles. Con guerras... Y, por supuesto, como la Madre es coautora fundamental del drama, también con odios y violencias contra las mujeres. ¿Por qué, entonces, esperamos hoy empatía y sensibilidad por parte de quienes, por millones, fueron previamente desensibilizados por sus familias, escuelas, medios de comunicación y demás instituciones de los estados, para luego ser despreciados por ello? Parece una clara evidencia de estupidez social e hipocresía, así como la consumación de esta infamia contra los varones.

Las repercusiones de este problema en la felicidad humana, el amor social, las relaciones entre los sexos, la crianza de las generaciones, la paz y justicia en el mundo, etc., etc., son infinitas.


3. "Obedéceme o no tendrás sexo"


Por todo tipo de razones y salvo excepciones, las expectativas sexuales de los hombres son muy superiores a las de las mujeres. Esto les sitúa en inferioridad y les permite sufrir su Tercera Castración, que es el permanente chantaje sexual consciente o inconsciente que muchas mujeres ejercen contra ellos. La explotación femenina de la dependencia sexual masculina es, junto al control de los hijos, la clave tradicional de su poder sobre el hombre y en el ámbito familiar. Esto es tan antiguo, al menos, como lo narrado en Lisístrata, de Aristófanes (-411). De este modo, los hombres viven bajo una crónica y vejatoria ansiedad sexual.

El deseo sexual es algo muy complejo. Mucho más que un "instinto", parece una necesidad psicoafectiva expresada en términos de placer físico y genital. Una reminiscencia de los viejos gozos y caricias de mamá. (También es una típica gratificación narcisista, por supuesto). Manifiesta asimismo, al menos en algunos hombres, una especie de nostalgia del útero, un ansia de vuelta al refugio materno, de regreso a la fusión primordial. Esta añoranza es inversamente proporcional a la calidad real que tuvo la infancia del sujeto; cuanto más desdichada fue, mayores serán sus anhelos sexuales. Por otro lado, como la mayoría de hombres fueron castrados psicoafectivamente, el sexo resultará para muchos, a veces disfrazado de romanticismo, etc., casi la única forma de comunicarse emocionalmente con las mujeres. Lo más parecido al amor. Y la enorme facilidad e intensidad del placer genital favorecerá, sobre todo en los varones más inmaduros o desdichados, la continua búsqueda de esta potente droga multifunción, que es simultáneamente sedante, euforizante, antidepresiva, socializadora, etc.

Pero ya sabemos que, cuanto más difícil es algo, más obsesionante resulta. Así que, para muchísimos hombres, privados de sexo suficiente por parte de mujeres que, por sus propias razones de todo tipo, apenas lo desean o lo realizan interesadamente o a regañadientes, el sexo acaba resultando una especie de fijación. La característica "obsesión sexual" de la que tanto se quejan -con razón- y se burlan -sin ella- las mujeres. Un problema que, a mi entender, no es algo innato o "propio" de los hombres (salvo en algunos varones especialmente narcisistas o trastornados), sino una legítima necesidad humana de contacto y placer psicofísicos cuya permanente frustración deviene finalmente neurosis obsesiva. O incluso adicción. Una prueba de ello es que, contra todos los prejuicios sociales, no todos los hombres son iguales en esto.

La Tercera Castración masculina determina, pues, que la mayoría de hombres sufran una casi continua privación sexual, y que deban avergonzarse, disculparse, someterse o pagar toda clase de "precios" por sentir lo que sienten o satisfacer su necesidad. Todo ello deriva no sólo de sus propias carencias infantiles, sino también de las neurosis femeninas, las discrepancias del deseo y la calidad emocional de las relaciones hombres-mujeres. Cuanto más conflictivos son estos ámbitos, más frustrados e infelices -y agresivos por represión sexual- son muchos varones. Algunos se resignarán como pueden a esa angustia "por un puñado de caricias". Otros buscarán gratificaciones fuera de casa, o se refugiarán durante décadas en prácticas masturbatorias, o romperán sus relaciones, etc., siempre sufriendo por ello sus correspondientes humillaciones y castigos. Etcétera. Y, así, ambos sexos se sienten permanentemente solos, enfadados y resentidos.

***

Ésta es, en fin, según mi opinión, la historia secreta de millones de hombres. De millones de varoncitos criados sin respeto alguno a su identidad (esto lo comparten con las niñas), sin respeto alguno a su afectividad y, más tarde, sin respeto alguno a su hambre sexual, que expresa y resume sus demás carencias. Un drama perfecto. Una destrucción minuciosa del macho en la que participan por igual hombres y mujeres.

No parece que los modernos sistemas educativos de algunas minorías vayan a remediarlo. Las nuevas pedagogías parten más de bases ideológicas -socialización, igualdad, antiautoridad, cooperación, diálogo, etc.- que de principios emocionales y, mucho menos, psicodinámicos. Por eso pedagogos, psicólogos, legisladores y políticos siguen basándose en modelos de comportamiento -cualesquiera que sean- y no en los sentimientos conscientes e inconscientes de los niños y, sobre todo, de las propias familias y educadores, que jamás se cuestionan. Así que las neurosis masculinas (y femeninas) seguramente no disminuirán porque, entre otras razones, los estados se fundan en ellas.

Por eso, lector, si tú eres hombre y reconoces dentro de ti todo esto, ¡despierta! En relación a las mujeres, deja de soñar, de idealizarlas, de verlas como a ti te gustaría y no como realmente son. No te dejes dominar, despreciar o manipular por ellas (ni por nadie). Pese a tus Tres Castraciones, deja de hacerte el duro y fanfarronear o, al revés, de mostrarte adulador y calzonazos. No te arrastres, no te aferres, no te vendas a ninguna mujer (ni a nadie). Si no quieres ser padre, niégate a tener hijos aunque ella te suplique o amenace. En tus separaciones, lleva hasta el final tus derechos y deberes como padre. Jamás agredas a ninguna mujer ni a tus hijos (ni a nadie), pero tampoco te dejes agredir por ellos/as. En asuntos sexuales, juega limpio o toma decisiones. Si nunca fuiste feliz con las mujeres, resuelve tus problemas inconscientes con tu madre y tu infancia, o pide ayuda psicológica para ello. Deja de desconocerte. Recupera tus sentimientos, tu autoestima, tu fuerza, tu identidad. Empodérate frente a los actuales abusos feministas. Hazte respetar. Reivindica tu dignidad, tu bondad, tu humanidad. Como nunca fuiste cangrejo ni tortuga, ¡abandona tus caparazones! Mejora tu vida y tus relaciones. Descubre lo que realmente necesitas y encuéntralo... ¡Realízate! Y, así, poco a poco, dejarás de ser el niño desamparado, vacío y endurecido que, sin tú saberlo, el mundo entero quiso que fueras.

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