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¿Para qué voy a seguir?



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Esta es una pregunta que desde joven uno se plantea ante las diferentes circunstancias de la vida, porque nunca suceden o se obtienen las cosas en el tiempo que uno desea.

La paciencia, la fe y la confianza, son virtudes que nuestros padres han intentado inculcarnos antes los primeros avatares, siendo muy niños. Mi madre ante mi impaciencia siempre me decía: «¡ten confianza, ya llegará!»

La verdad es que esas palabras me tranquilizaban relativamente —y solo por el cariño con que mi madre me las decía—, porque ese «ya llegará», no lo veía llegar nunca y la respuesta de mi madre seguía siendo la misma.

Pero imagino que no era yo solo el que siendo niño recibía una respuesta semejante por parte de sus padres, abuelos o maestros. Tú mismo que estás leyendo esto, de una forma o de otra habrás recibido o recibes semejante «profecía», ante alguna situación de impaciencia por obtener o conseguir aquello que crees que no merece esa gran espera.

Y es que la bendita paciencia, es una virtud que nos persigue —o mejor dicho—, que perseguimos durante toda nuestra vida y nunca terminamos de asirnos a ella con fuerza, para demostrar nuestra fe y confianza.

La verdad es que esta es la pregunta que nos deberíamos hacer: ¿es solo impaciencia o es una falta de fe y confianza?

¡Qué difícil es seguir cuando no se ven resultados! ¿Verdad? ¿Y esto qué es, impaciencia, falta de fe, falta de confianza?

Los estudios, la oferta de trabajo, la promoción, la subida de sueldo, tu propio negocio, el amor de tu vida, el maratón, las olimpiadas, la actuación, la publicación, el concierto... Tantas y tantas cosas que te exigen preparación, tiempo, dedicación, espera, paciencia, confianza y esfuerzo para subir a ese podio de los triunfadores, que está en el sueño o los sueños de cada uno.

Pero, las grandes soluciones están sujetas siempre al grado de actitud y confianza en uno mismo, y rara vez son inmediatas.

Por eso, cuántas veces —y sobre todo cuando se es joven— se planta uno y se pregunta: ¿para qué seguir? No se entiende que solo se puede llegar a la meta continuando los pasos, porque surge una nueva pregunta: ¿cuántos pasos? ¿Sabe alguien determinar o predecir el número de pasos necesarios para tranquilizar esas mentes inquietas?

Si tienes fe, si tienes confianza, no le darás importancia a los pasos, porque ese esfuerzo continuo que mueve tu pasión, te hará ver que aquella oscuridad, se va tornando en una luz que crece paso tras paso.

Pero, ¿para qué seguir? ¡Déjate de rollos! Tengo dudas de que lo que estoy haciendo sirva para algo o me lleve a algún sitio. Y además, tengo miedo. Tengo miedo que aquello que persigo no me guste cuando lo consiga. Porque, yo no veo esa luz. He dado muchos pasos y sigo en la oscuridad. ¿Quién me ha mandado meterme en esto? Pero si no hago más que tropezar, ¿para qué seguir? Sí, ya sé que me tengo que levantar y continuar; que los obstáculos del camino son los que me van a redirigir hacia la verdadera meta pero, ¿qué meta?

Sinceramente, no puedo más. No tengo fuerzas. Estoy harto. No veo ningún sentido seguir. A nadie le importa. Nadie me espera allí. Me da igual que me llamen cobarde por abandonar. Ya llevo mucho tiempo luchando y cuando me dicen que ya llevo mucho camino andado para abandonar ahora, que ese esfuerzo tendrá su recompensa, que después de la noche oscura siempre amanece, mi cara es incapaz de recordar lo que era sonreír y mis ojos incapaces de ver ese rayo de sol.

Y el problema radica en que no sé si esa es la misión que se me ha encomendado cumplir.

Muchas preguntas y reflexiones, ¿verdad? Y esto, ¿a qué te conduce? Pues no sé si a ti —o a cada uno de los que leéis mis artículos— os está llevando a reflexionar sobre la importancia de seguir.

A mí sí me ha hecho reflexionar, porque yo me he sentido cansado más de una vez impaciente y harto de no ver esa luz, de no obtener respuestas, y de recibir alguna que no me esperaba o sinceramente no me creía merecedor de ellas.

Me he sentido harto de tanto obstáculo y de tanta dificultad para conseguir cualquier cosa. Incluso falto de comprensión por gente cercana, a la que incluso he juzgado o criticado.

Pero, cuando he mirado al cielo y he preguntado: ¿para qué seguir?, parece que una voz me ha respondido: tus acciones, tus pasos, tus tropiezos, tus esfuerzos, tus sacrificios, tus lamentos, tienen un sentido que aunque puedan resultarte inexplicables, componen esa pieza del puzle de la vida que eres tú mismo; una pieza importante de ese gran motor que no podría funcionar si falta. Tú eres esa pequeña arandela, esa pequeña junta, ese pequeño tornillo que parece carecer de importancia, pero que sin él, el motor no funcionaría. ¿Te has parado a pensar en lo que hubiera pasado si tú no hubieras nacido? Hay semillas que has dejado, que dejas y que vas a dejar, que tienen que crecer.

Y reflexionando sobre esa voz interior, he descubierto que hay gente que me espera, que hay gente a la que le importa que siga, que hay gente que necesita mi pequeña aportación y mi ínfima semilla.
Tengo que seguir sobre todo, porque hay gente que me espera allá donde voy.

Porque, puede que yo no sea el gran fuego ardiente que lleve calor, pero sí una pequeña ascua encendida.

El poeta Hesíodo decía: «Si añades un poco a lo poco y lo haces así con frecuencia, pronto llegará a ser mucho».

Yo tengo que seguir y voy a seguir. ¿Y tú?

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