Os conocéis, hay química, repetís cita y cuando menos te lo esperas, esa persona deja de dar señales de vida.
Repasas todo lo ocurrido en la última quedada:
“¿Dije algo que no tocaba?”
“¿Quizás metí la pata cuando…?”
“¿Se habrá agobiado?”
“¿Tal vez no debería haber…?”
Un torbellino de posibles hipótesis te sobrevienen mientras esperas noticias de aquella persona para saber si tus conjeturas son ciertas.
Vamos por pasos…
¿Qué es lo que necesitarías ahora para sentirte mejor?
¡Lo más probable es saber qué está ocurriendo y salir de dudas!
Tranquilo, no eres un desesperado ni te estás volviendo loco. Todavía no conoces a esa persona como para poder prever qué le ocurre y permanecer en la duda es de lo más incómodo.
Pero el límite entre “todo sigue igual” y “aquí ha pasado algo” es tan fino, que prefieres esperar, por temor a precipitarte y acabar metiendo la pata.
La mala noticia: en la mayoría de ocasiones, tu intuición irá bien encaminada.
La buena noticia: a pesar de que probablemente algo no marche, lo vas a saber. De esta manera podrás decidir qué hacer con eso.
¡Deja de pensar sobre lo que necesita el otro por temor a que finalmente te rechace! Digo yo que será más prioritario hacer lo posible para que tú te sientas mejor. Si te va a “descartar”, ya lo ha hecho, así que tu misión es procurar sentirte lo mejor posible en tal situación.
Tú:
“¿Te ocurre algo? Te noto distante estos días?”
“¿Qué ha sido de ti?”
Pero, desgraciadamente, esa persona no responde de manera clara. Más bien refuerza aquel clima de incertidumbre que ya se estaba cociendo.
La otra persona:
“Ando liad@”
“He estado desconectando del mundo”
“¿Qué tal, qué te cuentas?”
Como ves, no responde a tus preguntas por lo que el bucle vuelve a empezar: “Quizás es manía mía… Esperaré unos días más”.
Pero tu malestar, lejos de disminuir, se duplica. Las señales que te lanza vuelven a ser confusas.
¿De verdad quieres seguir esperando?
Son muchas las personas, tanto en consulta como fuera de ella, que me explican este tipo de situaciones. Y es que estamos en la era de la comunicación ambigua, en la que los problemas no se hablan sino que a menudo se dejan morir.
En la versión más cruel, esta incapacidad para ser honesto y cerrar una historia, permite al otro rectificar. Me explico con un ejemplo. Si alguien te dice claramente que no quiere seguir con esto porqué hay otra persona, lo más probable es que tu hagas borrón y cuenta nueva. Pero si en lugar de eso te da largas culpando al trabajo, si vuelve, siempre podrá decir que tuvo una época complicada asegurándose así que tú puedas volver a estar disponible entonces.
Habla claro. Si después de haber expuesto tus dudas sobre lo que ocurre, esa persona se va por las ramas… Tienes dos opciones:
1.Esperar a ver qué ocurre cuando las señales por parte del otro sean más que evidentes. Algunos creen que la espera y el amoldarse al ritmo del otro les asegurará el éxito. Pero, créeme… En la mayoría de los casos, no ocurre así y la espera genera ansiedad y dudas sobre tu validez como persona, haciéndote sentir cada vez peor.
2.Exponer cómo te hace sentir esa situación y lo que desearías en ese momento. Recuerda, el otro puede poner en duda lo que dices sobre su actitud, pero jamás podrá dudar de cómo te hace sentir x situación. Los sentimientos siempre son legítimos: “Últimamente no veo que esto fluya y no me siento a gusto así”.
¿Y si sigue obviando la frialdad entre nosotros después de haberle sido sincer@?
Querido lector, ahora es el turno de tomar decisiones. Probablemente tu pareja en potencia no tenga las habilidades comunicativas para ser claro o bien, no quiera tomar ninguna decisión por temor a renunciar a algo. Recuerda, cualquier decisión implica una renuncia. Si decides permanecer ahí, tendrás que renunciar a la comunicación abierta que anhelas. Si te vas, renunciarás a aquella persona. Tú decides.