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La princesa rusa XVIII

                                 Fiesta y corrupción

 Antonio llegó a la urbanización donde se levantaba el chalet que alojaba a Fredo, sobre las siete de la tarde, acompañado de un sol que aunque comenzaba a descender notablemente hacia el oeste, aún proporcionaba un considerable calor y una intensa luminosidad.

 No había estado nunca allí, pero localizó el lugar sin excesivos problemas, pues las indicaciones que le había dado el colombiano sobre su ubicación resultaron ser muy precisas.

 Se trataba de una tranquila urbanización a muy pocos kilómetros al noroeste de Madrid, donde edificaciones de muy diferentes estilos y tamaños se mezclaban entre la vegetación y los arboles de un tranquilo y pequeño bosque que se levantaba al pie de unas ligeras perturbaciones montañosas.

 Antonio no deparó demasiado en la bonita vista que ofrecía aquel paraje, detuvo su coche frente al número del chalet indicado y se anunció por el telefonillo. Enseguida comenzó a abrirse la puerta mecánica que daba acceso al garaje por una no muy pronunciada rampa; volvió a subir a su coche y lo introdujo en el recinto del chalet. Lo paró delante de la puerta del garaje sin meterlo dentro, se bajó y se dirigió a la puerta de entrada a la casa donde ya le esperaba Fredo.

 El colombiano, que ya se encontraba vestido con unos pantalones negros de algodón y un niqui de pico también negro que se ajustaba a su atlético torso, le tendió una mano muy sonriente que Antonio estrechó inmediatamente sin poder disimular su entusiasmo, y que acompañó con unos golpecitos de admiración en la espalda del hombretón de color.

 Los dos hombres pasaron al interior del chalet y se sentaron en los cómodos sillones del amplio salón con dos cervezas que Fredo sacó de una nevera situada en el mini-bar del salón.

 Después de apurar muy rápidamente las bebidas, mientras se contaban --no todo por supuesto-- como les había ido la vida en aquel año que llevaban sin verse, Fredo trajo otras dos cervezas y fue directamente al grano:

 -Necesito encontrar a una mujer, una chica rusa de unos 18 años.

 El español puso un semblante algo más serio en su cara, curtida y con ciertos rasgos de carácter, y en la que hasta ese momento, sólo se había visto una expresión de alegría risueña y bastante infantil. Por supuesto, no le iba a preguntar para que la quería. Eso a él no le interesaba, o más sinceramente, sabía que el colombiano no le diría para qué necesitaba a la mujer.

 -¿Y qué datos tenemos de esta joven? -preguntó Antonio.

 -La chica, al menos hasta ayer martes, se encontraba por la zona de Sol. Después -el colombiano hizo una pausa pensando si la policía habría descubierto ya los cuerpos de las dos p... y del ruso en el piso de la calle Estrella, aunque suponía que era demasiado pronto para que eso hubiese sucedido y de ser así, no tenía por qué preocuparse o al menos eso esperaba. Había puesto todos los medios para no dejar pistas, y en cualquier caso, la policía española no debía de disponer de ningún dato suyo y lo iban a tener realmente difícil, pues había asumido identidades falsas desde hacía ya mucho tiempo, dejando su verdadera identidad enterrada en un cementerio de un pequeño pueblo colombiano-, se enteró de que la buscaba y huyó.

 -¿Y no has vuelto a saber nada de ella? ¿Hacia dónde ha podido ir? ¿Si tiene algún conocido en Madrid o en algún otro lugar al que se pueda dirigir? En fin, algo que nos pueda servir de pista para empezar a buscarla.

 Fredo se levantó, se dirigió a uno de los modernos muebles del salón y de un cajón sacó un papel en el que había escrito una serie de nombres masculinos acompañados de una serie de números cada uno. El día anterior, nada mas separarse de Daniel después de abandonar el piso en la calle Estrella, había hecho una visita al chalet donde había estado trabajando Sofía, acompañado de dos matones colombianos que le prestaban sus servicios cuando tenía que trabajar en Madrid. Por si encontraba algún problema. Pero por contra, los chulos rusos, mejor dicho ucranianos según dijeron, cooperaron amigablemente con ellos; según contaron, no tenían nada que ver con la hija prostituta del Glaskov ni con los mafiosos rusos que la llevaban al chalet, tan solo se quedaban con su parte de las ganancias que la joven les proporcionaba. También le dijeron que la chica no hacía demasiadas amistades con las otras mujeres, que era una chica un tanto solitaria, después, le dieron vía libre para que interrogase a las chicas. Fredo creyó que no era necesario, que aquel rubio era sincero, al menos en la información que le acababa de proporcionar.

 Y por último, le dio la información más valiosa. Los ucranianos, como muchos de sus colegas que regentaban clubs de prostitución y otros locales similares, disponían de una lista, un mini archivo perfectamente ordenado de todos los clientes que pagaban con tarjetas de crédito y gastaban una considerable suma durante un periodo de tiempo con una o más chicas. Por supuesto, dicho archivo era creado a expensas de los señores clientes. En algún momento alguno de esos clientes podría crear algún tipo de problema y ese archivo entonces, podría servir para persuadirlo de crear esos problemas utilizando el chantaje o algún tipo de amenaza en su contra. Tres nombres se encontraban en los archivos de Denis y que parecían haber gastado una buena cantidad de euros con la hija de Glaskov en las últimas semanas. El ucraniano dio a Fredo dichos nombres sin ningún tipo de reparos, seguramente pensando que ninguna p... le iba a causar problemas y menos, si estaba envuelta en algún tipo de lio con aquellos colombianos, indudablemente muy peligrosos.

 Tras echar al papel una leve ojeada, Fredo se lo entregó a su amigo mientras le anunciaba:

 -No tiene a nadie a quien recurrir. Se encuentra sola y sin amigos o familia -o eso era al menos lo que había deducido de su visita al club de Denis. Por lo tanto, si no tenía amigas, sus chulos rusos estaban muertos, su padre no le debía de querer mucho en Rusia al hacerla trabajar como p... Se tenía que encontrar perdida y asustada en Madrid sin tener a nadie y sabiendo que alguien la quería matar. Quizá pidiese ayuda a alguno de aquellos hombres con los que había follado más a menudo-, salvo quizá estos hombres.

 Fredo señaló con un dedo el papel que ya estaba ojeando Antonio con cara de adivino.

 -Esa joven trabajaba como prostituta -continuó el negro-, y esos hombres eran clientes suyos del club donde trabajaba. Podría recurrir a ellos.

 -Podría si de verdad no conoce a nadie más en esta ciudad. Y estos hombres estarán deseosos de que una joven putita los pida su ayuda, ¿verdad? -dijo Antonio nuevamente con una pueril sonrisa en su rostro hermoso aunque marcado con notables rasgos infantiles cuando sonreía, que en unión con su corto pelo, rubio y rizado, le daba un cierto aspecto de niño picaron que se acentuaba mas al reírse.

 Fredo guardó silencio mirando como sonreía su amigo, que seguramente, si hubiese sabido lo que el colombiano pensaba en aquel momento sobre él, hubiese salido pitando de aquel lugar.

 -Dices que ella sabe que la buscas, ¿no es así? -continuó Antonio con ganas de preguntarle para que la buscaba. Pero sabía que no debía hacerlo.

 -Si -dijo el colombiano acordándose del ruso muerto sobre la cama.

 -Probablemente si se sabe perseguida, intentará volverse para su país o marcharse a otra ciudad.

 -A su país no creo que vuelva -dijo Fredo sin intención de gastar el tiempo contando al otro hombre que la joven se prostituía allí por expreso deseo de un gánster ruso que era su propio padre. Fredo sacó de uno de sus bolsillos la foto que había recogido de la mesilla del apartamento y que había partido por la mitad, dejando tan solo la imagen de la chica y destruyendo la otra mitad, y se la dio a Antonio-. Pero si que puede intentar irse a algún otro lugar de España. Por eso debes de actuar con rapidez, Antonio.

 -Va a ser difícil encontrarla Alfredo -dijo mirando la foto en la que aparecía una guapísima y sonriente muchacha-. Aquí en Madrid y en España hay miles de jóvenes extranjeras que van de un sitio a otro sin ningún tipo de papeles de identificación.

 Fredo se levantó dirigiéndose a una especie de caja fuerte simulada en una de las paredes y cogió un sobre que no estaba vacío.

 -Sé que es complicado. Pero confió en tu capacidad para poder encontrarla o conseguir algún indicio sobre su paradero -dijo el colombiano dejando el abultado sobre encima de la mesa, centro de los sillones de piel que amueblaban el salón.

 -Por supuesto, sabes que haré todo lo que esté en mis manos para ayudarte -prometió Antonio mientras se guardaba el sobre en uno de sus bolsillos con gran satisfacción. ¿Cuánto habría? ¿Cinco mil? ¿Diez mil? Aquel colombiano siempre había sido generoso con él desde que le prestaba su ayuda, ya hacía algún tiempo, cuando le conoció a los dos años de haber ingresado en el cuerpo de la Policía Municipal de Madrid. Antonio tenía treinta y seis años y ya hacía varios que trabajaba como agente local en la capital. Se consideraba un buen agente de policía con una muy buena consideración entre sus compañeros y superiores y cuyo papel había sido importante para mantener el orden y la disciplina en aquella difícil ciudad, donde no dejaban de nacer y llegar gente de toda la calaña. Sabía que su ?pacto? con aquel negro, no sería bien visto por mucha gente, además de ser ilegal, anticonstitucional..., pero no se arrepentía, ni aun cuando en una ocasión, a lo primero de colaborar con Alfredo, se enteró de que el cuerpo aparecido sin vida en el Manzanares con dos disparos en la cabeza, era el del hombre de cuyo paradero él mismo había comunicado a Alfredo unos días antes. Si aquel matón con los informes que él le proporcionaba, luego acababa con esa gente, no le importaba; al fin y al cabo, la mayoría de las personas que perseguía el negro, eran delincuentes, traficantes, p... Se podría decir que ayudaba a limpiar la sociedad de escoria y a cambio, se llevaba una buena compensación que le ayudaba a vivir más decentemente de lo que su sueldo de funcionario le permitía a él y a su familia. Tenía la conciencia tranquila y le daba igual si aquella guapa joven de la foto aparecía asesinada y violada días después de que él la encontrase y se lo comunicase al colombiano-, pero si esa chica ha salido ya de Madrid, podré hacer muy poco por ayudarte.

 -Si actuamos deprisa, quizá no le demos tiempo para irse fuera de aquí y en todo caso, sería bueno encontrar alguna pista sobre su paradero, y esos hombres podrían saber algo de ella. Confío en ti -dijo el colombiano con solemnidad mientras se levantaba y se dirigía nuevamente hacia la barra del rincón. Ya no quería hablar más del asunto con el policía corrupto. Ya sabía lo que tenía que hacer y además, ya había anochecido, por lo que pronto llegarían los encargos que había realizado por la mañana para poner la guinda al pastel con el que iba a gratificar al tipo que tenia junto a él por prestarle su colaboración.

 Fredo abrió la puerta de un mueble situado junto a la nevera, de diseño oscuro a juego con ésta, y sacó unas botellas de vino. Él no entendía demasiado de aquella bebida, y menos de vinos españoles, pero le habían dicho que aquel era bueno y así lo pensaba al mirar las etiquetas en las que junto a un mapa que seguramente sería una comarca española, venia escrito en letras doradas, la inscripción ?Denominación de Origen? y el año 1986. Sirvió dos copas y Antonio, que le había seguido y se había sentado en una banqueta al otro lado de la pequeña barra, cogió una botella y observándola durante unos segundos, exclamó:

 -¡Un Ribera del Duero del 86! Tú sí que sabes satisfacer a los amigos -a lo que continuó con un buen trago de su copa de vino.

 El negro volvió a llenar las copas y los dos, dejando el asunto de la joven prostituta a un lado, charlaron amigablemente, al menos el policía, pues el otro fingía --bastante bien por otra parte-- un bienestar al conversar con su supuesto amigo e interesarse en cómo le iba el colegio a sus hijos y demás cuestiones domesticas.

 Al cabo de unos minutos de ?amigable? charla, sonó el telefonillo y Fredo se dirigió a una de las ventanas del salón por la que se divisaba perfectamente la puerta de entrada al jardín, ahora iluminada por un pequeño foco situado en lo alto de la misma.

 Una furgoneta se había detenido justo en la puerta y dos hombres, uniformados llamativamente -incluida la gorra- de colores intensos que parecían rojos y amarillos y que tenían sus manos ocupadas completamente con lo que parecían bandejas de plástico, esperaban de pie junto a la puerta.

 El colombiano apretó un botón y la puerta se abrió automáticamente dejando entrar a los hombres. Fredo los recibió con un seco saludo. Los dos hombres tuvieron que hacer otro viaje hasta depositar sobre la barra y la mesa todas las bandejas que traían y que contenían una gran variedad de comida, tanto caliente como fría y que incluían entremeses, mariscos y una gran variedad de canapés.

 Cuando los dos hombres vestidos con el uniforme de una empresa de comida rápida y de calidad se fueron, Fredo volvió a servir mas vino y picaron algo mientras continuaban hablando, cada vez con más esfuerzo por parte del colombiano, esperando el segundo y más deseado encargo.

 Transcurrida media hora, volvió a sonar el portero automático y Fredo volvió a asomarse por la ventana. De pie, un hombre junto a un automóvil, miró hacia la ventana y le saludó con una mano mientras esperaba a que terminasen de bajar cuatro mujeres. Fredo le devolvió el saludo y el hombre volvió a subir al coche, a la vez que las mujeres iban pasando al interior, donde el colombiano las recibió con toda la amabilidad que pudo. Ya empezaba a estar harto de la compañía de su ?amigo? que cada vez mas bebido, le atosigaba con su infantil sonrisa y sus absurdos comentarios.

 El agente municipal, sentado en una de las banquetas de madera junto a la barra, con una copa de vino en su mano y una bobalicona sonrisa que ocupaba toda su rostro, observó, mientras la boca se le hacía agua literalmente y ésta se mezclaba con el exquisito vino produciéndole una lujuriosa sensación de bienestar, como Fredo se acercaba hacia él acompañado de las cuatro mujeres, jóvenes y atractivas en un muy elevado grado y vestidas con ropas elegantes, faldas rectas hasta las rodillas, blusas de hilo, zapatos de tacón... Nadie hubiese dicho que aquellas cuatro bellas mujeres eran caras prostitutas dispuestas a satisfacer los apetitos sexuales de un adultero, corrupto y medio borracho policía municipal, y de un pistolero sin ninguna clase de escrúpulos.                                                                  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

  

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