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La princesa rusa VIII


                                       Sin mirar a tras

 

La joven rusa despertó con un gran mal estar y con la sensación, que ya había experimentado en más de una ocasión durante los últimos meses, aunque no tan intensa como en aquel momento, de que la muerte podría ser una magnifica alternativa a su lamentable situación.

No sabía cuánto tiempo había estado dormida en aquella posición, de rodillas junto a la cama, agarrando la mano de Alex y con su cabeza apoyada junto a la de él. Notó como la mano del hombre ya había perdido gran parte de su calor y comenzaba a estar rígida.

Sofía se incorporó con un extraño escalofrío en su cuerpo y se cubrió la cara con las manos. Permaneció así durante algunos minutos. Escuchando como la cruel angustia que la embargaba, campaba a sus anchas por todo su ser.

Volvió a mirar a Alex. Muerto. Con una horrorosa mueca mezcla de dolor y desesperación.

No pudo evitar volver a arrodillarse y llorar silenciosa y amargamente.

Aquel silencioso llanto consiguió relajarla y devolverla en parte a la cruda realidad. Esta vez la conciencia no la abandonó. Algo terrible había sucedido. Alex había muerto y su vida iba a cambiar nuevamente de una manera drástica, aunque ignoraba por completo de que manera. Una poderosa fuerza de su interior la impulsaba a acurrucarse y quedarse inmóvil en un rincón de aquella tenebrosa habitación esperando a que alguien, fuese quien fuese, le ordenase que era lo que debía de hacer para continuar viviendo.

No se acurrucó en ningún rincón. Hizo un terrible esfuerzo por comenzar a pensar y muy lentamente, consiguió que su cerebro empezase a considerar la situación a pesar del desconsuelo y la tristeza que persistían en su corazón y en su cabeza. Ya no podía hacer nada por Alex. Recordó amargamente el ultimo día que había pasado con él y como la dijo que tenían problemas, pero que los resolverían pronto. Por lo visto no había sido así.

Ahora, lo realmente importante era lo que podía hacer por ella misma. ¿Esperar por si venían los compañeros de Alex y le daban instrucciones de lo que debería hacer a partir de ese momento? Enseguida le vinieron a la cabeza las últimas y confusas palabras de Alex insistiendo en que huyese porque alguien deseaba matarla, pero ¿quién desearía matarla a ella? ¿Y por qué? ¿Habría sido el indeseable Andrei y su amigo Denis los culpables de aquello? Pero enseguida pensó en su padre. ¿Y si se había cansado de ella y había ordenado matarla y Alex, negándose a cumplir aquella orden, lo había pagado con su vida? ¿Debía de huir realmente? ¿Dónde iría? ¿Podrían ayudarla los chulos del chalet donde trabaja si no habían sido ellos los causantes de aquello? Sin duda, no. Si aquellos chulos se hacían cargo de ella, entonces su vida si estaría definitivamente arruinada.

A la tristeza y amargura que la invadían por la muerte de su consejero, empezaron a unirse un sin fin de dudas e indecisiones. Quizá lo mejor sería sentarse y esperar en el maldito rincón... Shirko. Alex le había nombrado junto con Barcelona y una extraña palabra... ¿Que habría querido decir? No tenía ni la más remota idea, pero... Sabía que Barcelona era una ciudad española junto al mar Mediterráneo algo retirada de Madrid, pero nada más y Shirko... Si estuviese vivo. Notó como su cuerpo se llenaba de una energía revitalizadora. ¿Debía de esperar realmente en un rincón a que llegase alguien y la volviese a dar instrucciones para continuar con aquella ?mierda? de vida, ahora sin Alex? O, como había dicho él en sus últimas palabras, ¿esperar a que llegase alguien para matarla? ¿Cuántas veces había pensado en escapar y había sentido miedo de hacerlo? Muchas... Quizás fuese la ocasión...

Una pequeña luz se encendió entre la espesa negrura e instintivamente, miró de nuevo el cuerpo sin vida del hombre. Con él habían muerto todas sus últimas esperanzas de ser feliz y de que su vida cambiase en un corto periodo de tiempo.

Sofía, como hizo en aquel antro en sus primeros días en España, tomó una decisión, aunque esta vez con más precipitación. 

En muy pequeñas dosis aun, la resignación volvió a llegar a ella y su mente se llenó de algo más de claridad, entonces, se percató de que un débil pero cada vez más desagradable olor empezaba a poblar la habitación. ¿Cuántas horas habían pasado desde la muerte de Alex? No podía permanecer allí más tiempo, junto al cuerpo sin vida. Miró su reloj. Ya se había superado el mediodía y empezaba hacer bastante calor dentro de la habitación que mezclado con aquel olor, hacían que el ambiente comenzase a ser bastante desagradable. Abrió un poco la persiana y al instante penetraron un sin fin de luminosos rayos solares, pero demasiado poco aire.

Abrió la puerta de la habitación y se dispuso a salir.

Sus compañeras. Miró por el corto pasillo. Las puertas de sus habitaciones estaban cerradas y no se oía ningún ruido. Por lo visto, Alex había conseguido llegar hasta su habitación silenciosamente, sin que ellas se enterasen de nada y continuasen durmiendo. ¿Podrían ellas ayudarla? ¿Cómo? Realmente llevaban en el piso apenas 15 días y no había tenido demasiado tiempo de cruzar muchas palabras con ellas. Las chicas con las que ahora compartía el piso eran bastante más libres que ella y tenían una vida muy diferente a la suya, paraban poco tiempo en el piso, para dormir y poco más. Dudaba si sería beneficioso o perjudicial que ellas se enterasen de que uno de los hombres que las había introducido en el mundo de la prostitución, estuviese muerto en su habitación.

Cogió una toalla, ropa limpia y se dirigió al cuarto de baño intentando hacer el menor ruido posible. Se quitó la ropa manchada de sangre y se duchó rápidamente, se puso la ropa limpia y se dirigió nuevamente a la habitación.

Esta vez no percibió el cada vez más intenso olor a muerte mezclado con el ya sofocante calor, solamente percibió un intenso dolor en el pecho como si le clavasen algo punzante y ardiente. No pudo evitar que las lagrimas nuevamente comenzasen a recorrer sus mejillas, pero esta vez, mantuvo el domino sobre su desconsuelo. Rebuscó en uno de los cajones de la pequeña mesilla y enseguida encontró el dinero que había conseguido ahorrar durante aquellos meses, que aunque no era mucho, sin duda la iba hacer falta. Se metió el dinero en uno de los bolsillos de su pantalón vaquero y cogió una pequeña bolsa de deporte donde rápidamente metió sus escasas pertenencias.

Salió de la habitación con la pequeña bolsa colgada a su hombro, sin mirar el cuerpo inerte de Alex, poniendo todas sus fuerzas en apaciguar el amargo llanto que se había apoderado de ella desde que volviese a entrar en la habitación, sin percatarse, que desde la foto de la mesilla en la que ella y Alex entraban en el zoo madrileño aquel no muy lejano día, aunque con rostros sonrientes, los dos parecían mirarla con cierta preocupación.

 

 

 

 

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