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La princesa rusa X


                                     Obligado a matar

 

Yoli se acababa de levantar después de sentir algo de ruido por la casa, y tras comprobar que no había nadie despierto, había ido directamente a la cocina. Aún llevaba el fino camisón estampado con el que dormía mientras se preparaba una abundante ensalada que acompañaría con una fina loncha de Jamón York. De buena gana se comería dos grandes filetes de cerdo bien fritos o dos grandes hamburguesas acompañadas con un gran montón de patatas fritas, pero tenía que cuidar la línea.

Yoli tenía casi veintiocho años y era una hermosa mujer de bonitos y grandes ojos azules, una gran boca con unos labios sensuales y carnosos, y una corta melena rubia ligeramente rizada que le daba un aspecto bastante juvenil, que junto con su bien cuidada figura, le hacían pasar de sobra por una chica bastante más joven, pero si no cuidaba su cuerpo, con su edad y después de haber tenido dos hijos, enseguida se podrían notar los excesos y alguien podría decir que ya no valía para la prostitución, o al menos, ganando el dinero que ganaba ahora. Y necesitaba ese dinero. No le gustaba lo que hacía, pero toda su familia incluyendo sus dos niños, dependían del dinero que ella les mandaba.

No se lo pensó dos veces cuando le dijeron que tenía la posibilidad de ganar mucho dinero en la lejana Europa Occidental, Francia, Italia... y salir de aquella miseria que prácticamente estaba haciendo que toda su familia, incluidos sus hijos, se muriesen de hambre. Sabía que querrían que se prostituyese, pero no le importaba si había una buena compensación económica a cambio.

Hacía algo más de dos años que había abandonado Ucrania y aunque mantenía una gran tristeza, sobre todo por no ver a sus hijos diariamente, el saber que allá no les faltaba de nada con el dinero que ella mandaba, recompensaba en parte esa tristeza.

Además, le quedaba dinero de sobra para salir y disfrutar de la vida, algo que antes, en todos sus años de juventud, apenas había podido hacer.

Realmente lo pasaba bien con Irina, su compañera, que ahora dormía plácidamente en su habitación. A veces le costaba mantener el impresionante ritmo de Irina, que con veinte años estaba en la plenitud de la vida, y a veces tenía que recurrir a la cocaína para poder aguantar, pero solo a veces.

Irina vivía la vida a tope. Era una de las chicas que mas copas tomaba con los clientes y de las que más pasaba a los reservados y por lo tanto, de las que más dinero ganaba. Y después del trabajo, a seguir la marcha por Madrid. Irina no parecía que hubiese dejado familia en Ucrania y si tenía, desde luego no parecía que quisiese saber nada de ella. Tenía un gran cariño por aquella joven alocada.

Sin embargo, la otra chica. Apenas hacia quince días que se habían cambiado a aquel piso y esa chica siempre parecía estar triste y melancólica. Aquello no era fácil para la mayoría de ellas, pero había que llevarlo con optimismo y Sofía, que así se llamaba la chica que vivía en el piso, no parecía aceptarlo. No sabía que problemas tendría aquella chica, era agradable y respetuosa, pero parecía que le costaba entablar amistad con ellas y nunca quería salir a divertirse por ahí... Era una joven extraña, pero la muy zorra, tan calladita y parecía que se estaba ligando a uno de aquellos mafiosos.

Yoli empezó a comerse su ensalada en la cocina, cuando escuchó como alguien abría la puerta de la entrada. En principio se quedó extrañada porque no era día para que viniesen a recogerlas para trabajar, y aun así, era demasiado pronto y además, ellos casi nuca subían al piso. Enseguida empezó a sentir algo de inquietud.

La cocina era la habitación más próxima a la entrada, por lo que a través de la puerta abierta y sin apenas poder seguir pensando en quien podría ser, vio a los dos hombres. Uno era muy moreno y bastante apuesto. El otro era de color, un color marrón claro, y aun más atractivo que su compañero. Ninguno de ellos pasaría de los treinta y tantos años y por supuesto, no eran ninguno de los hombres rusos que venían a recogerlas para llevarlas al trabajo.

La ucraniana, sin poder recuperarse de su sorpresa, vio como el gigante mulato, mientras su compañero seguía andando sigilosamente por el pasillo, se dirigía a ella con una amable sonrisa, aunque entrañaba muy poca confianza.

-Tranquila no venimos para causaros ningún daño. Simplemente nos mandan vuestros chulos -dijo el mulato sonriente y muy suavemente en español con un incuestionable acento sudamericano-. Mi amigo y yo queríamos echar unos buenos polvos y nos han dicho que aquí encontraríamos tres preciosidades que estarían encantadas de atendernos.

Yoli supo enseguida que el sudamericano mentía intencionada y descaradamente y empezó a sentir miedo, bastante miedo.

-Pero todavía no es nuestra hora de trabajo -contestó temerosamente.

-Os recompensaremos muy bien por las molestias encanto. ¿Cómo te llamas?

-Yoli.

-Yoli ¿eh? -repitió el hombre acercándose a la chica, poniendo sus manos sobre las mejillas sudorosas de ella y acariciando su blanca piel con los dedos pulgares-. Yo soy Fredo, pero dime Yoli, ¿estás sola?

La mujer sintió las manos de aquel hombre sobre su cara al tiempo que el miedo daba paso a un intenso terror. El negro debía de medir cerca de los dos metros y a su atractivo innegable, se unía un semblante en su cara, que a Yoli le pareció de una gran crueldad. No pensó en mentir.

-Tan solo están mis dos compañeras... Durmiendo.

-Muy bien, vayamos a buscar a tus compañeras.

Fredo soltó la cara de la chica y salieron de la cocina en busca de las otras dos jóvenes.

El compañero de Fredo se encontraba al final del pasillo, justo donde éste doblaba en ángulo recto hacia la derecha. Vigilando. Yoli pudo ver que tenía una pistola en la mano y notó como las piernas leempezaban a temblar ligeramente.

Comenzaron a andar y a cada indicación de la ucraniana sobre que habitación era, Fredo le hacía una señal para que abriese la puerta lentamente. El cuarto de baño. Vacío. La habitación de Yoli. Vacía. La habitación de Irina. Yoli abrió la puerta despacio y Fredo detrás suyo, distinguió entre la poca luz que entraba en la habitación, como una silueta femenina yacía desnuda muy plácidamente sobre la cama. Yoli volvió a cerrar despacio y el pistolero hizo un gesto a su compañero. Al final del pasillo, el salón, espacioso y plenamente iluminado por el sol de septiembre. Vacío. Doblaron el pasillo hacia la derecha. Quedaban dos habitaciones. La primera, un pequeño cuarto tan solo lleno de trastos. Llegaron a la última habitación. Fredo percibió un olor que creyó reconocer, penetrante y desagradable.

-La habitación de Sofía -indicó Yoli débilmente.

Sofía. Esa era la hija de Glaskov.

-Abre despacio -indicó Fredo.

Yoli, a pesar del miedo, percibió aquel desagradable hedor y no pudo contener un grito ahogado cuando abrió la puerta. La luz encendida permitía contemplar el cuerpo inerte de uno de los hombres que las llevaban al chalet, tendido sobre la cama y en cuyo cuerpo resaltaban de una manera sombría y siniestra, las heridas y la sangre reseca.

Fredo reconoció enseguida al ruso que se les había escapado de una manera infantil y enseguida imaginó que la chica ya no estaría allí. Aquel cabron le habría avisado y la zorrita habría huido. Se le complicaba el trabajo y no sabía cómo reaccionaría don Ignacio cuando se enterase que la hija del Glaskov se les había escurrido de las manos de una manera infantil después de haber quedado plenamente satisfecho cuando él mismo, le informó de que tenían localizada a la hija del asesino de su hijo --ojo por ojo, diente por diente--, y el capo pensó que podría vengarse de la mejor manera posible: sirviendo al mafioso ruso la cabeza de su propia hija en bandeja de plata, además de las de sus matones.

Debía de encontrarla o don Ignacio podría llevarse un gran disgusto.

Y ahora, por culpa de aquel ruso rebelde, debía matar también a las dos putas. No quería que cuando encontrasen el cuerpo de aquel hombre y la policía interrogase a las dos mujeres, éstas les informasen y les describiesen a los dos hombres sudamericanos que habían estado allí aquella tarde. No le hacía mucha gracia matarlas, no porque le importase lo más mínimo la vida de aquellas zorras rusas o de donde fuesen, sino porque contra mas muertos fuese dejando por el camino, más posibilidades había de que la policía española le siguiese el rastro. Se habían desecho de los cuerpos de los otros rusos sin demasiados problemas, nadie iba a reclamar los cuerpos de dos soldados rasos de la mafia rusa, al menos en España, pero no podían ir deshaciéndose de toda la gente que fuesen matando y esparcirlos por la tierra de aquel país como si fuesen basura, tarde o temprano podrían cometer algún error y tendrían a toda la policía pisándoles los talones.

Fredo registró los bolsillos del hombre muerto y después, echó un vistazo por la habitación. No había nada interesante salvo... El colombiano se fijó en la foto que había encima de la mesilla. Una preciosa jovencita reía felizmente al lado del muerto mientras cruzaban por un pequeño puente de madera con el suelo cubierto de tierra.

Fredo cogió la foto y dirigiéndose a Yoli la preguntó quién era aquella joven.

-Es Sofía -contestó tímidamente.

El colombiano rompió con sus manos enfundadas en guantes de plástico el bonito marco de madera que Sofía había comprado con un especial cariño para enmarcar la foto que les hicieron a la entrada del zoo y doblando la foto, ya fuera del marco, se la metió en uno de sus bolsillos.

Continuaron registrando el apartamento muy por encima --Fredo tenía claro que la chica ya no se encontraría en él-- y cuando terminaron, el colombiano de color se quedó con Yoli en el salón, mientras su compañero iba en busca de Irina.

Yoli permaneció de pie en medio del salón, sudorosa y con el pánico a flor de piel, mas aun después de haber encontrado el cuerpo de uno de sus jefes muerto y mutilado en la habitación de Sofía. No esperaba que fuese a suceder nada bueno.

Fredo se acercó a ella sin perder el aire de amabilidad que había mantenido durante todo el tiempo que llevaba en el apartamento, pero con aquel extraño semblante que a la mujer se la antojaba bastante cruel y que le aterrorizaba de una sofocante manera.

-Bien Yoli, supongo que habrás hablado con la chica de esa habitación antes de que se fuese -le dijo con una voz amable pero que a Yoli se le antojaba igualmente siniestra.

Al oír aquello, la ucraniana imaginó que aquellos hombres estaban allí por Sofía y pensó que aquella podría ser su oportunidad para salvarse de lo que pensaran hacerlas.

-No, le juro que no la he visto desde que llegamos de trabajar. Nos fuimos las tres a dormir y me he levantado después de escuchar unos ruidos, pero no he visto a nadie y he pensando que ella seguiría durmiendo en su habitación. Se lo juro.

En ese instante, entró el compañero de Fredo sujetando fuertemente de un brazo a Irina que permanecía desnuda, apuntándola con su revólver, pero la muchacha en vez de parecer atemorizada, protestaba airadamente con cara y gestos de pocos amigos.

Yoli miro a su amiga y por un momento, le hizo gracia aquella situación. Aquel peligroso matón apuntando a su amiga desnuda con una pistola, mientras ella, en vez de sentir miedo, protestaba y hacía gestos de rebeldía con todo su cuerpo. Realmente sentía gran admiración por aquella joven. Irina a sus veinte años era toda vitalidad y encima, era una mujer realmente hermosa. Tenía una preciosa melena de un rubio oscuro que hacía que su bello rostro fuese aun mas radiante y atractivo, correspondiéndose muy armoniosamente con su impresionante figura, cuyas partes más llamativas eran sus senos grandes y hermosos, pero en absoluto desproporcionados y perfectamente redondeados y erguidos.

-Daniel, haz que se calle -dijo tranquilamente Fredo a su compañero.

Daniel obedeció. Soltó fuertemente su puño contra el rostro de la chica que de inmediato cayó hacia tras sin apenas tener tiempo para soltar ningún grito. De su boca y nariz comenzó a manar abundante sangre. Daniel sin prestar demasiada atención al liquido rojo, juntó violentamente los dos brazos de la joven por detrás de su cuerpo y los ató a la altura de las muñecas con unas finas bridas, mientras Irina, aun con su rostro ensangrentado y reflejando una mezcla de sorpresa, dolor y miedo, continuó protestando, pero ahora mas débilmente, protestas que quedaron definitivamente apagadas cuando Daniel sacó un gran pañuelo y la amordazo fuertemente. Después, ayudándose de otras bridas, esposo sus piernas a la altura de los tobillos y seguidamente empujó a la joven a uno de los sillones de una plaza que había en el salón. Irina quedo tenida de cara al sillón, ofreciendo la parte trasera de su cuerpo desnudo. Siguió haciendo esfuerzos por moverse y continuó emitiendo sonidos ya ininteligibles por su boca tapada y prácticamente llena de sangre, pero inútilmente, porque apenas conseguía zarandearse algo en el sillón.

Fredo se volvió nuevamente hacia Yoli.

-Entonces dices que no sabías que Sofía se había marchado. No me lo creo Yoli. Veras, te vuelvo a repetir que no queremos causaos excesivo daño. Hemos llegado a un acuerdo con vuestros chulos por echar unos polvos con vosotras, con las tres. Entiendes -Fredo hizo una pausa y se aproximó a Yoli comenzando a bajar los tirantes de su camisón hasta que este cayó al suelo-. ¿No me vas a decir dónde ha ido la otra chica?

Yoli no pudo aguantar más y por fin, su terror se transformó en un amargo llanto y las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos.

-No lo sé, de verdad... no nos hagan daño por favor -sollozó mientras continuaba mirando aterrada a su compañera.

Fredo suponía que decía la verdad, aunque la experiencia le decía que esas putas conseguían crear entre ellas una verdadera amistad que a veces, las hacia mentir por sus amigas hasta la muerte. No pensaba que este fuese el caso, pero total, las tenía que matar y quizá, aterradas, les pudiese sacar algún pequeño dato que podría ser muy valioso para encontrar a la hija del ruso.

-Bien, veamos cual de tus compañeras te importa mas -Fredo ató las manos de Yoli por detrás sin ningún miramiento, al igual que había hecho Daniel con Irina, y tirando de sus brazos hacia abajo, le ordenó que se pusiese de rodillas.

-Por favor -volvió a suplicar la chica ya entre abundantes lágrimas mientras sentía una fuerte presión en sus brazos y un fuerte dolor en sus hombros. Yoli se arrodilló por fin con la mirada puesta en su amiga que justo al otro lado de la pequeña mesa de madera, aun se movía en el sillón, aunque con bastante menos energía.

Fredo se situó de pie al lado de la mujer, mientras hacia un gesto a Daniel que se encontraba junto a Irina. Este, al instante, introdujo el cañón de acero de su revólver por el orificio que ofrecía el cuerpo de Irina y empezó a moverlo violentamente. La joven, sin poder hacer otra cosa, empezó a mover todo su cuerpo lo más enérgicamente que podía sobre el sillón, mientras que de su boca tapada y llena de sangre intentaban salir inequívocos lamentos.

Fredo se apartó por un momento de Yoli y volvió a preguntarla pos su compañera huida y ella volvió a negar entre sollozos y lamentos, que no sabía nada de Sofía. Enseguida, el pistolero volvió a hacer un gesto a su compañero que de inmediato giró a Irina en el sillón de una manera no muy suave y esta vez, la joven quedó tendida boca arriba. En sus ojos se advertía una estremecedora expresión de angustia, dolor y terror. Ya había desaparecido la expresión de rebeldía que la chica tenía en su cara cuando el matón colombiano la condujo al salón.

-Por favor, no la hagáis sufrir más -suplicó tristemente Yoli-, no sabemos nada de ella. Era una chica extraña y apenas nos hablaba.

-Sabrás por lo menos si tenía algún amigo o amiga con los que se viese.

-No, no salía con nadie, salvo con ese hombre que está muerto -contestó ella que permanecía de rodillas, con la esperanza de que aquella revelación las salvase la vida.

Conmovedor, pensó Fredo. Así que el ruso escapó para avisar a su amorcito de que uno de sus propios amigos la había delatado.

-¿Y donde trabaja Sofía? -preguntó el hombre-, porque sabrás al menos donde trabajaba, ¿verdad?

-¡Sí! -exclamó la mujer con un nuevo atisbo de esperanza en su voz y rápidamente le dio la dirección del chalet, que Fredo memorizó al instante.

Menos era nada. Fredo estiró su cuerpo en un gesto de relajación. La diversión había terminado. El colombiano puso su mano sobre la cabeza de Yoli y apretando fuertemente su nuca, la obligó a quedar tendida sobre la pequeña mesa de salón; la chica jadeaba débilmente, sin moverse, y con la cabeza ladeada, no vio como Fredo sin decir palabra, sacaba su pistola automática y la acercaba a unos escasos centímetros de su nuca.

El disparo silencioso causo la muerte instantánea de la ucraniana.

Irina, al ver morir a su amiga, comenzó a mover su cuerpo frenéticamente de un lado a otro utilizando las pocas fuerzas que la quedaban, mirando aterrorizada como el matón se acercaba a ella y apuntaba la pistola a su cabeza.

 

 

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