Sal de tu cabeza

No me creas si te digo que hoy voy a contarte algo que me ha llevado 37 años juntar las piezas, casi todas las piezas quiero decir, y que, si las junto todas, no volveré a traer problemas de dinero.

Y quizás, pues es un mundo mucho más complejo, quizás digo, no volveré a tener problemas de amor.

Estaba en el salón de mi padre con Yolanta cuando ella empezó a llorar con la tristeza y las lágrimas de un niño desconsolado.

[ fue hace un tiempo, hoy creo que soy menos capullo ]

Y yo, mirándola fijamente como quien mira la parte de atrás de un frigorífico, empecé a hablar.

No, Yolanta, lo que pasa es que… y es que… y lo que tendrías que hacer es…

Entonces ella, que es mujer de las de antes, interrumpió mi absurdo monólogo con un:

Antonio, no sabes cómo tratar a una mujer. Por favor, abrázame. Just hug me.

Cuando escuché eso te juro que algo dentro de mí me hizo crack o clic y luego la abracé mientras sus lágrimas encharcaban mis pómulos.

Esa escena se ha repetido en mi cabeza (afortunadamente sólo en mi cabeza) cientos de veces desde entonces. Ese intentar hablar cuando lo que necesitaba era abrazar, me hizo darme cuenta de todo lo que no he escuchado y sentido a los seres humanos que he tenido frente a mí a lo largo de mi vida.

Sal de tu cabeza, Antonio. Siente. Entra en el cuerpo de los demás, no te digo en su mente, te digo en su cuerpo. Siéntelos. Qué necesitan.

Bueno pues el caso es que ayer fui a conocer al arquitecto de mi pueblo.

Toc toc. Pasa.

— Hola, eres Raúl, ¿el arquitecto?

Soy arquitecto técnico.

— ¿Y en qué se diferencia?

Y él empezó a hablar y yo desconecté, y no porque no me interesara.

— Bueno, genial, quería preguntarte si me podrías hacer el diseño de la segunda planta de mi casa.

Y el empezó a hablar y yo intenté de verdad conectar.

Bueno, yo lo que puedo hacer es… y… además iría al ayuntamiento para presentar las memorias, y las licencias…

— Ajam.¿Pero podrías hacerme el diseño de mi casa?

Lo que haría es presentarlo primero al colegio de arquitectos para que…

Ajam, entiendo. Pero perdona, Raúl, si yo supongamos que quiero hacer el diseño de mi casa, ¿tú podrías ayudarme con ello, distribución, incluso materiales y calidades, etc?

Y Raúl volvió a hablar y ahí ya no intenté conectar. Elaboré una cara sonriente y borré mi mirada de guad defac. Cerré la puerta al salir y ahora sé que nunca la volveré a abrir a no ser que no me quede otro remedio.

Raúl, amigo, ahí yo necesitaba que salieras de tu cabeza y entraras en la mía. Ahí necesitaba que me abrazaras, que me sintieras.

Necesitaba que me dijeras: Dame unos días, te haré unas preguntas para saber cómo es la casa en la que te sentirías cómodo y te enseñaré dos o tres obras guapas guapas que he hecho para otras casas parecidas a la tuya, te daré un precio por todo terminado que no podrás ni deberías rechazar, aceptarás porque no tienes opción, lo diseñaré para ti, te vienes a mi ofi y lo vemos y te lo explico, haremos los últimos retoques juntos para que elijas los azulejos esos que te molan, la pintura de pared esa que viste una vez y te flipó y el suelo de barro rugoso porque te gusta caminar descalzo y sentirte como en una casa rural en la montaña, Antonio.

Por cierto, hacer un proyecto lleva consigo un montón de papeleos que son un puto coñazo, pero los hago todos por ti y tú nitenteras.

Ah, antes de irte, no soy arquitecto, soy aparejador, pero a efectos prácticos para lo que tú necesitas es perfecto.

Y ahí yo ya podría derramar en sus pómulos mis lágrimas de felicidad y, en su bolsillo, mi dinero.

Fíjate, hay dos maneras de venderte Un manual hacia la grandeza.

1) Es genial por dentro y por fuera. Tiene un diseño precioso y algunas de las herramientas más potentes jamás encontradas para el crecimiento humano. Te enseño a meditar. A agradecer. A planificar. A mejorar tus hábitos. A tener menos miedo. A mejorar a lo loco tus finanzas.

O puedo salir de mi maldita cabeza, sentirte, abrazarte, y decirte.

Por la mañana a menudo te sientes mal y no sabes por qué. Sientes una sensación rara, como de agobio.

Quiero decir, no te conozco y no sé si es así, pero a mí me ha pasado tantas veces, toda mi vida y aún me pasa si me descuido, y sé que hay personas, muchas, que les pasa lo mismo. Sé que los psicólogos no dan a basto. No tienes más que mirar en google. Mira los foros. Mira cuánta gente se siente mal.

Hasta los psicólogos buscan psicólogos y se sienten mal y no saben por qué.

Bueno, yo sí sé.

Soy un arrogante, sí, pero a eso a me dedico, a saber qué cojones me pasa en la cabeza, y por qué de siempre me he sentido mal y por qué no sabía ni nombrarlo.

¿Sabes? Hay una herramienta que cura esa herida. La llamo, la llaman, la técnica del agradecimiento. Jesucristo la usaba. Los estoicos la usaban. Es rápida, es gratis, y después de usarla, sinceramente, eres otra persona. Tu cabeza es la de otra persona. Tu sensación, es la de otra persona.

De otra persona que se siente más a gusto. Que se siente mejor. Con una sensación como de ser suficiente, de abundancia, de plenitud.

Pero esta técnica no es suficiente.

Yo quiero más.

Quiero ser una persona aún más satisfecha, una que por la mañana, mientras los rallos de sol le dan en la cara y bostezando profunda y sonoramente se estira, sonríe y dice: qué suerte tengo de vivir un día más.

Digamos que el agradecimiento penetra en tu mente y la cambia, pero es a nivel superficial. Por eso necesitamos algo más profundo, que llegue a lo hondo de nuestras miserias, de nuestros miedos, de nuestro dolor.

Para eso sirve la meditación, para llegar al fondo.

En el manual te enseño exactamente el proceso para que no vuelvas a necesitar una meditación guiada en tu vida.

Para que puedas borrar todas las aplicaciones de pago y sientas que ya sólo por eso ha merecido la pena el precio que has pagado.

Para que puedas meditar en cualquier lugar, en el metro o en tu coche en ese atasco que tanto te duele en el alma. Para que sepas meditar y siempre tengas a mano una herramienta para sentirte en paz, en calma.

Una herramienta que te borra gradualmente todos los problemas y todo el dolor acumulado con tu pareja, contigo, con tus padres, con tus jefes, con la vida.

Para sentirte que estás donde tienes que estar, pase lo que pase fuera.

Para que puedas empezar a meterte en la primera división de los meditadores.

Para que empieces a experimentar, en ti, por qué hay tanto secreto al respecto.

¿Sabes? No es secreto, es práctica, y yo te enseño la teoría que conduce a esa práctica.

Pero oye… no todo en la vida es meditar o agradecer, no todo en la vida es sentirse bien o sentirse en paz.

Los seres humanos queremos algo más. Queremos crecer. Queremos tener éxito. Queremos tener un rumbo. Queremos comprarnos cosas. Queremos viajar a países bonitos y hacer fotos y comer comidas curiosas. Queremos tener fincas con gallinas o áticos en ciudades o árboles frutales o coches caros.

Y aunque esté mal queremos que nuestros padres o nuestros hermanos mayores o nuestros jefes o nuestros vecinos, lo vean. Nos hace sentir bien el que otros nos vean crecer, somos así. Nos da gustito. Tranquilidad.

Para ello, te enseño cómo planificar y cómo organizarte de una manera en la que hasta los niños que acaban de aprender a escribir, lo entenderían.

No necesitamos programas, ni aplicaciones, ni excelles, ni Trellos, ni ordenadores, ni tablets, ni móviles.

Para tener éxito, para tener rumbo, para llenar estadios, para crecer sin límite, sólo necesitamos un cuaderno bonito y un bolígrafo.

Si sabemos cómo usarlo nos despertamos con el ansia de escribir en ello pues sabemos que otro gran día nos espera para cumplir nuestros sueños.

Sabemos que, eso que tenemos en mente ahora mismo, eso que llevamos postponiendo durante años, eso que siempre hemos querido en nuestra vida, podemos hacerlo y lo vamos a hacer realidad.

Y…

Y nada, eso te quería decir.

UN MANUAL HACIA LA GRANDEZA

Te lo envío al día siguiente. Lo recibes en tu casa u oficina en uno o dos días si vives en una ciudad o pueblo grande de España.

Lo sacas del paquete. Dices, como todos antes que tú, joder qué bonito. Tocas la portada con tus dedos, palpas la tinta, te preguntas qué material será que nunca lo habías visto antes así en un libro.

Qué grande es, cómo pesa, qué curioso.

Lo abres, vuelves a pasar tus dedos por el papel y piensas: qué gordo, cuánto habrá costado esto, qué calidad.

Y…

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