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La autoestima, 1ª parte

La autoestima puede definirse como el amor, la estima, que cada uno siente por sí mismo. Por cierto, es uno de los elementos de nuestra personalidad que más determinan nuestra conducta.

La autoestima se va forjando ya en la niñez a partir de lo que dicen de nosotros y a través del trato que recibimos, especialmente de nuestros padres, el espejo en el que nos miramos. 

Si nos alaban y tratan con cariño creceremos sintiéndonos capaces, seguros y dignos de amor. En cambio, si los mensajes que recibimos son negativos, si recibimos poca atención, nos sentiremos inferiores y poco merecedores de lo bueno.

En consecuencia, en el primer caso viviremos las relaciones con los demás como algo satisfactorio y tenderemos a rodearnos de personas que demuestren interés y afecto por nosotros. Habremos adquirido la seguridad suficiente para afrontar las dificultades con que nos vayamos encontrando en la madurez.

En cambio, en el segundo caso consideraremos al mundo como algo hostil ante lo que sentir temor y tenderemos a relacionarnos con aquellos que reproducen las conductas a las que estamos acostumbrados; personas que no nos tengan en cuenta y que confirmen la idea que nos hemos hecho de nosotros mismos: que no valemos lo suficiente.

¿Cuál es el nivel de autoestima adecuado?




El nivel de autoestima adecuado es el que nos conduce a sentirnos a gusto con nuestro cuerpo, a apreciar nuestras capacidades y destrezas, y a asumir nuestras carencias.

A mirar al pasado con orgullo por lo conseguido, y al futuro con confianza. 

A aprender de los fracasos, y no tener miedo de buscar soluciones si nos topamos con nuevos problemas. 

A ser capaces de otorgarnos la aprobación a nosotros mismos sin esperar constantemente el reconocimiento de los demás.

A dar sin esperar nada a cambio, a ser independientes. 

A asumir que sólo nosotros somos los responsables de nuestro propio bienestar. 

A llevar las riendas de nuestra vida.

Si por el contrario nuestro nivel de autoestima es bajo no veremos más que nuestros fracasos. Miraremos los fallos del pasado con arrepentimiento y culpa, y en ello malgastaremos toda nuestra energía, mientras que atribuiremos los éxitos a la suerte y no a nuestra propia capacidad. 

Ante los problemas permaneceremos inmóviles, quejándonos.

En nuestras relaciones con los demás, más que dar, lo que haremos será "invertir" porque siempre esperaremos algo a cambio: que nos presten atención. 

Compraremos el afecto ante la duda de que alguien nos lo pueda dar sin más.

Nos ataremos a un trabajo y a personas que no nos satisfacen, para no tener que cambiar. Miraremos hacia otro lado por miedo a quedarnos solos, pensando que tampoco nos merecemos nada mejor. 

Nos habremos convertido en personas dependientes, en víctimas, convencidos de tener una especie de imán para la mala suerte. Y lo peor de todo es que, una vez que nos hemos colgado el cartelito de "no valgo", probablemente los demás nos tratarán como si realmente fuera así y ni siquiera perderán el tiempo en averiguar si es o no cierto.

Un exceso de autoestima, por otra parte, nos convertirá en personas egocéntricas y vanidosas. Demasiado pendientes del éxito, y con una ambición desmedida, acabaremos alejándonos de los demás a los que consideramos inferiores.
autoestima


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