Omnipotencia y espiritualidad

Omnipotencia y espiritualidad


Podemos definir omnipotencia como la creencia y la certeza de que podemos con todo. Todo significa absolutamente cualquier cosa: puede hacerse frente al razonamiento más complicado, puede dominarse cualquier emoción, puedo prescindir de cualquiera de mis necesidades o sé más que los demás, etcétera, etcétera.

En muchas ocasiones, esta sensación de estar por encima de todo y poder alcanzar cualquier meta sin importar mis circunstancias se relaciona con una defensa en particular destinada a mitigar el dolor de la pena.

Resulta curioso que el Omnipotente justamente es aquel que más débil y dolido está y por lo tanto busca la forma de superar ese dolor a través de la fuerza, sea real o imaginaria. Si es verdad que cualquier obstáculo no es nada para mí, la pena efectivamente va a poder mitigarse y de hecho pasar al baúl de los recuerdos, entrando en una fiesta continua de dominio y control. En el mundo del psicoanálisis se llama manía a ese estado negador y omnipotente.

Este tipo de defensa o actitud tiene muchas consecuencias que en este artículo no voy a citar pero una en particular sí me interesa, y es que:

Tanto poder me hace responsable de todo lo que ocurre no solo en mi persona sino incluso, dependiendo del grado de omnipotencia, podría llegar a pensar que también lo que ocurre a mi alrededor lo he formado yo.

Siendo así, muchas veces no se obtienen los resultados pretendidos a pesar de mis intentos de control, pues la realidad demostrará que tanto poder no existe y además pagaremos el precio en el inconsciente de un incremento enorme de la culpa, pues si tanto se puede y los resultados no son los esperados, me he convertido en responsable absoluto de todo y no le he hecho bien. Al contrario, reconocer el límite es descargarse de este circuito del control que nada soluciona y ofrece la oportunidad de dar el peso adecuado a cada acontecimiento.

En mundo de la espiritualidad o New Age sorprende mucho cuando el practicante no reconoce sus límites en este lugar denso en el que todo empieza y acaba en algún momento. Fabular Omnipotencia es ilusorio. Si acaso podemos hablar de omnipotencia solo lo podríamos atribuir al Ser, yo superior, Tao Prana, Fuente o como venga en llamarse aquello que no figura, ni está ni experimenta directamente en este plano. Lo hace a través de la Creación que es solo una proyección del mismo.

Si el practicante espiritual es víctima de la ilusión de poderlo, todo está alejándose del principio básico de la humildad dónde el Yo, aún asumiendo con sencillez todas su cualidades, reconocerá la diferencia con lo Divino, dejando espacio a la entrada de lo Sagrado. Como me dijo un maestro hace años, si eres tan importante y tu Yo tan grande quizás no queda espacio para Dios en ti.

Todo sin dejar de reconocer la gloria de nuestra procedencia absolutamente divina y sagrada.

Si profundizamos un poco más en este aspecto, nos daremos cuenta como difícilmente puede convivir aquel ser humano que se cree un Dios en la tierra con aquel que busca la verdad, más allá de la ilusión de la percepción los sentidos y la conciencia ordinaria.

Coincidimos con el budismo en muchos aspectos relevantes como el reconocimiento de la clase del mundo en el que vivimos. Darse cuenta del flujo constante, el devenir de las cosas, o el tan traído concepto de la impermanencia, deberían despertar en el practicante una nueva conciencia donde la experiencia en el planeta nos va a ayudar a aprender mucho pero en ningún caso determina lo Sagrado. En el budismo se niega esta parte pero venimos a coincidir en que hay una energía base o conciencia que provoca la realidad. Para nosotros esa energía que subyace a la realidad ilusoria y que provoca este montaje electrónico es lo que ellos llaman energía Prístina de la mente y es ahí dónde reside la parte espiritual y omnipotente, no en el plano ilusorio.

Nota: El artículo ha sido publicado originalmente en Saludterapia.

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