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LEYENDO A JEFF FOSTER



SANANDO El DOLOR A TRAVÉS DEL AMOR

Estuve conversando con una mujer que venía sufriendo terribles dolores constantes en el cuello y los hombros durante la mayor parte de su vida. Había visitado todos los médicos, tomado todas las pastillas; visitado cada maestro espiritual; intentado con distintos métodos, prácticas, mantras..

Todo esto sólo con resultado de alivio temporal.

“¿Por qué el dolor aún sigue allí?

Después de todo lo que he hecho, con todo lo que sé…” He escuchado este tipo de frases proviniendo de tantas personas alrededor del mundo. Hemos tratado de todo, ido a cada sanador, tenido todo tipo de introspecciones y experiencias espirituales, y aún así el dolor no se “termina”, “aún permanece aquí”. Podemos acabar sintiéndonos tan desilusionados, como si estuviésemos fallados, lejos de sanarnos, como si estuviésemos “haciendo algo mal”.

Pero sanar nunca está tan lejos.

Invité a la mujer a permitirse sentir la incomodidad en su cuello y hombros, más profundamente; a estar presente con las sensaciones puras, momento a momento. A respirar en ellas, a través de ellas, alrededor de ellas. A darles espacio, espacio para que vivan. A ser curiosa, a darles una atención amorosa, gentil, receptiva, sin resistencia…A permitirles que se intensifiquen si así lo deseaban. A permitirles moverse, romperse, agitarse, latir, quemar, esparcirse. Pero quedándose cerca, estando presente, permitiendo, confiando, respirando.

De repente un gran terror brotó de su cuerpo. Un antiguo miedo de sentirse abrumada, de morir, de volverse loca, de colapsar. “Permite, confía, respira en esto también”, le recordé. Su cuerpo entero empezó a sacudirse, convulsionar. “Respira, confía. Estoy aquí contigo…”
Las convulsiones siguieron por un par de minutos.

Me quedé cerca.

Luego los temblores cesaron tan rápido como habían comenzado. Abrió los ojos, empezó a reír, a llorar con alivio. “Wow”, dijo. “Sólo…¡wow!” No había palabras. El dolor en su cuello y hombros ya no estaba. Su cuerpo entero se sentía descansado, relajado, enraizado, tibio… De ella ahora brotaba amor y gratitud.

En vez de intentar “sanar” o “deshacerse” de su dolor (¡lo había intentado tan duro por tantos años!), y ahora finalmente fue capaz de encontrarse con el dolor, darle un hogar, permitirle ser, sin la más mínima expectativa de que “se fuera”. Su dolor se había atado a emociones: enojo, rabia; y por debajo de eso, gran pena, incluso desesperación. Esas emociones habían sido bloqueadas fuertemente en su cuerpo desde que ella era pequeña, cuando no era seguro permitirse sentir lo que sentía. De ese modo esa energía se había trabado en sus hombros. Sentir el “dolor” era una invitación para esas antiguas energías a moverse dentro de ella. Su cuerpo estaba literalmente sacudiendo esa antigua energía atascada, en la seguridad del momento presente, en la seguridad de un campo relacional.

Ella estaba aprendiendo a confiar en sí misma nuevamente, a confiar en su cuerpo, a confiar en el poder de la Presencia. A confiar en alguien más para que esté cerca en el fuego de su experiencia. Incluso confiar en el dolor en sí mismo, ver la inteligencia que contenía. En un espacio de atención amorosa, ella pudo comenzar a sostener lo insostenible, entonces lo insostenible dejó de serlo. Así es como ocurre la sanación, a través del amor, de la presencia, del coraje de acercarse un poco más.

-Jeff Foster

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